[Traducción] Educación Cívica - Enciclopedia de Filosofía de Stanford

 **Disclaimer**

Lo siguiente es una traducción todavía imperfecta (pero revisada) de la entrada de la Enciclopedia de Filosofía de Standford sobre "Educación cívica", otra forma de llamar a la formación política. Mi interés de compartirla es ofrecer un material de referencia inmediato y general sobre filosofía de la educación que puede servir para pensar clases o investigaciones. La filosofía de la educación es un tema urgente, lo mejor es contar con material de calidad en nuestra lengua. Recibo rectificaciones y correcciones. Todo es un Working progress.

https://plato.stanford.edu/entries/education-philosophy/

**Disclaimer**

Educación cívica

Extraído de: https://plato.stanford.edu/entries/civic-education/notes.html#note-14

Mi comentario: "Comentario de 'Civic Education'"

Publicado por primera vez el 27 de diciembre de 2007. Revisado sustantivamente el 31 de agosto de 2018. [Traducido el 10 de abril de 2024]

Ahora estoy probando el generador de imágenes de Bing. Es un poquito más aburrido.

En su definición más amplia, la “educación cívica” incluye todos los procesos que afectan las creencias, compromisos, capacidades y acciones de las personas como miembros o posibles miembros de una comunidad. La educación cívica no es necesariamente un esfuerzo intencional o deliberado; de hecho, las instituciones y las comunidades transmiten valores y normas sin ser conscientes de ello. En ocasiones esta formación no es beneficiosa: a veces las personas reciben una educación cívica de maneras que desempodera o que inculca valores y metas perjudiciales. Ciertamente la educación cívica no se limita a la escolarización y la educación de niños y jóvenes. Las familias, los gobiernos, las religiones y los medios de comunicación masivos son solo algunas de las instituciones involucradas en la educación cívica, pues se trata de un proceso que abarca toda la vida. [1] Un ejemplo famoso ilustre de esta forma de ver las cosas se puede apreciar en la observación citada con frecuencia por Tocqueville según la cual el compromiso político local es una forma de educación cívica: “Los consejos comunitarios para la libertad lo que las escuelas primarias son para la ciencia; la acercan a la gente, enseñan cómo usarla y disfrutarla”.

Sin embargo, la mayoría de las becas de investigación que utilizan la expresión “educación cívica” investigan programas de instrucción deliberados dentro de escuelas o colegios, en contraste con la paideia (ver más abajo) y otras formas de preparación ciudadana que involucran a toda una cultura y duran toda la vida. Ciertamente, hay buenas razones para enfocarse en las escuelas. En primer lugar, la evidencia empírica muestra que los hábitos y valores cívicos son relativamente fáciles de inculcar y cambiar mientras las personas son jóvenes, por lo que la escolarización puede ser efectiva cuando otros esfuerzos para educar a los ciudadanos podrían fallar (Sherrod, Flanagan y Youniss, 2002). Otra razón es que las escuelas en muchos países tienen la misión explícita de educar a los estudiantes para ser ciudadanos. Como señala Amy Gutmann, la educación basada en la escuela es nuestra forma más deliberada de instrucción humana (1987, 15). Así, definir los propósitos y métodos de la educación cívica en las escuelas es un tema digno de debate público. No obstante, es importante no perder de vista que la educación cívica se desarrolla en todas las etapas de la vida y en muchos lugares diferentes a las escuelas.

Ya sea definida de manera estrecha o amplia, la educación cívica plantea preguntas de naturaleza empírica: ¿qué causa que las personas desarrollen hábitos duraderos, valores, conocimientos y habilidades relevantes para su pertenencia en comunidades?, ¿la educación impacta la vida de las personas de manera diferente dependiendo de su edad, antecedentes sociales o culturales y supuestos iniciales? Por ejemplo, ¿tiene efectos duraderos en diferentes tipos de estudiantes un curso de civismo en la escuela secundaria y qué podría hacer que esta práctica fuera más efectiva?

Desde la década de 1960 hasta la de 1980, las preguntas empíricas sobre la educación cívica fueron relativamente descuidadas, principalmente debido a la creencia predominante de que los programas intencionales no tendrían efectos significativos y duraderos, dado el poder de otras influencias más poderosas como la clase social y la ideología (Cook, 1985). Desde entonces, muchos estudios de investigación y evaluaciones de programas han demostrado los importantes efectos de estas prácticas sobre los estudiantes, y la mayoría de los científicos sociales que estudian el tema en el presente están convencidos que las prácticas educativas, como la discusión de temas controvertidos, la acción práctica y la reflexión, pueden influir en los estudiantes (Sherrod, Torney-Purta y Flanagan, 2010).

Las preguntas filosóficas han sido menos exploradas, pero ellas son esenciales. Por ejemplo:

·         ¿A quién aplican todos los derechos y obligaciones de un ciudadano? Esta pregunta es especialmente controvertida en lo que respecta a los niños, los extranjeros inmigrantes y las personas que han sido condenadas por delitos graves.

·         ¿En qué comunidades deberíamos reconocernos como ciudadanos? El Estado-nación no es el único candidato; algunas personas se ven a sí mismas como ciudadanos de comunidades geográficas locales, organizaciones, movimientos, grupos vagamente definidos, o incluso del mundo en su totalidad.

·         ¿Qué responsabilidades tiene un ciudadano en cada tipo de comunidad? ¿Todos los miembros de una comunidad tienen las mismas responsabilidades, o debería haber diferencias significativas, por ejemplo, entre los ancianos y los niños, o entre los líderes y los demás miembros?

·         ¿Cuál es la relación entre un buen régimen y una buena ciudadanía? Aristóteles sostenía que existían varios tipos de regímenes aceptables, y cada uno necesitaba diferentes tipos de ciudadanos. Esto hace que la pregunta sobre la buena ciudadanía se encuentre relacionada con el tipo de régimen. Sin embargo, otros teóricos han argumentado a favor de combinaciones entre distintas formas de gobierno y la ciudadanía. Por ejemplo, los liberales clásicos respaldaban regímenes que hacen demandas relativamente modestas a los ciudadanos, tanto porque dudaban de que las personas pudieran cumplir con demandas demasiado exigentes como porque querían proteger la libertad individual frente al Estado. Por otra parte, los republicanos cívicos han visto un cierto tipo de ciudadanía altamente activa y deliberativa como constitutiva de lo que es una buena vida y, por lo tanto, recomiendan un régimen republicano porque permite una buena ciudadanía.

·         ¿Quién decide qué es una buena ciudadanía? Si consideramos, por ejemplo, a los estudiantes inscritos en escuelas públicas en Estados Unidos, ¿debería la decisión sobre qué valores, hábitos y capacidades deben aprender pertenecer a sus padres, sus maestros, los propios niños, la comunidad local, el gobierno local o estatal, o al Estado-nación? Podemos llegar a conclusiones diferentes al pensar en niños de cinco años y estudiantes universitarios adultos. Como advirtió Sheldon Wolin: “El peligro inherente [...] es que la identidad dada a la colectividad por aquellos que ejercen el poder refleje las necesidades del poder en lugar de las posibilidades políticas de una colectividad compleja” (1989, 13). Para algunos regímenes-fascistas o comunistas, por ejemplo, esto no se percibe como un peligro en absoluto, sino como el propósito de sus formas de educación cívica. En las democracias, la pregunta es más compleja porque, aunque las instituciones públicas están en la obligación de enseñar a las personas a ser buenos ciudadanos, pueden decidir hacerlo de maneras que refuercen el poder del Estado y reduzcan las libertades individuales de los ciudadanos.

·         ¿Qué medios de educación cívica son apropiados éticamente? Podría ser efectivo, por ejemplo, castigar a los estudiantes que no memorizan declaraciones patrióticas, o pagar a los estudiantes por servicios comunitarios, pero estos enfoques serían controvertidos éticamente. Un educador podría involucrar a los estudiantes en discusiones abiertas sobre eventos actuales independientemente de las consecuencias que esto pueda llegar a tener porque está comprometido a tratar a sus estudiantes como agentes autónomos. Al igual que con otros temas, la relación adecuada entre medios y fines es objeto de debate.

Estas preguntas rara vez son tratadas como parte de una teoría integral de la educación cívica; en su lugar, surgen de manera incidental en obras sobre política o educación. Algunas de estas preguntas nunca han sido exploradas en gran medida por filósofos profesionales, pero surgen con frecuencia en debates públicos sobre ciudadanía.

1. ¿Quién es un buen ciudadano? Concepciones históricas

“Desde que se pueden encontrar pruebas, y prácticamente sin excepción, los adultos jóvenes parecen haber Estado menos comprometidos con la vida cívica que sus padres y abuelos” [2]. Esto no es evidencia de un declive, aunque a menudo se interpreta como tal, sino que indica que convertirse en ciudadano es un proceso progresivo. La ciudadanía debe ser enseñada y aprendida. La mayoría, si no todas, las sociedades reconocen la necesidad de educar a los jóvenes para que sean “cívicos”; es decir, para que piensen y se preocupen por el bienestar de la comunidad (el bien común o la civitas) y no solo por su propio bienestar individual. A veces, la educación cívica también tiene como objetivo hacer que todos los ciudadanos, o al menos los futuros líderes, sean efectivos como ciudadanos o reducir las disparidades en el poder político al brindar a todos el conocimiento, la confianza y las habilidades que necesitan para participar. Esta sección presenta brevemente varias concepciones de la educación cívica que han sido influyentes en la historia de Occidente.

1.1 Antigua Grecia

La antigua ciudad Estado griega o polis se consideraba una comunidad educativa, expresada por el término griego paideia. El propósito de la vida política, es decir, cívica o de la ciudad, era el autodesarrollo de los ciudadanos. Esto significaba mucho más que solo educación, que es como generalmente se traduce paideia. La educación para los griegos implicaba un proceso profundamente formativo y que duraba toda la vida cuyo objetivo era que cada persona (en este caso solo los hombres) llegaran a ser alguien valioso para sus amigos, su familia y, lo más importante, para la polis.

Convertirse en alguien valioso para la comunidad requería interiorizar y vivir de acuerdo con los más altos ideales éticos de la misma. Por lo tanto, la paideia incluía educación en artes, filosofía y retórica, historia, ciencia y matemáticas; entrenamiento en deportes y guerra; enculturación o aprendizaje de las costumbres religiosas, sociales, políticas y profesionales de la ciudad y entrenamiento para participar en ellas; y el desarrollo del carácter moral a través del ejercicio de las virtudes. Sobre todo, la persona debía tener un fuerte sentido del deber hacia la ciudad. Cada aspecto de la cultura griega en la Era clásica —desde las artes hasta la política y el deporte— estaba dedicado al desarrollo de las habilidades personales para el servicio público.

Paideia estaba inseparablemente ligada a otro concepto griego: arete o excelencia, especialmente excelencia de reputación pero también bondad y excelencia en todos los aspectos de la vida. Juntas, paideia y arete forman un proceso de autodesarrollo, que no es más que el desarrollo del ciudadano. Por lo tanto, solo se podría aprender de política a través de la participación en las actividades de la polis, así mismo, a medida que los individuos desarrollaran las características de la virtud, la polis se volvería más virtuosa y excelente.

Todas las personas, sin importar sus ocupaciones o tareas, eran maestros, y la educación —la vida política— tenía como objetivo desarrollar una comunidad pública más grande (más noble, más fuerte, más virtuosa). Por lo tanto, la política era más que regular u ordenar los asuntos de la comunidad; también era una “escuela” para ordenar la vida —interior y exterior— de los ciudadanos. Por lo tanto, la práctica de la política democrática ateniense no solo era un medio para engendrar buenas políticas para la ciudad, sino también un “plan de estudios” para la educación intelectual, moral y cívica de sus ciudadanos. “Pero si me preguntases qué interés resulta al bien público de la educación de toda la juventud, no sería difícil responderte, que los jóvenes bien educados serán un día buenos ciudadanos […]” (Platón, Leyes, 641b7-10). De hecho, más adelante en las Leyes, el ateniense comenta que la educación debería estar diseñada para producir el deseo de convertirse en “ciudadanos perfectos” que saben, precediendo a Aristóteles, “cómo gobernar y ser gobernados” (643e4-6).

1.2 Liberalismo clásico

Los pensadores antiguos y medievales asumían en general que un buen gobierno y una buena ciudadanía estaban íntimamente relacionados, ya que un régimen degeneraría si su pueblo no lo apoyaba activa y virtuosamente. Aristóteles consideraba su Política y su Ética como parte del mismo tema. En su opinión, una ciudad-Estado no podía ser justa y fuerte a menos que su pueblo fuera virtuoso, y los hombres no podían ejercer las virtudes políticas (que eran intrínsecamente admirables, dignas y satisfactorias) a menos que vivieran en una polis justa. La virtud cívica era especialmente importante en un régimen democrático o mixto, pero incluso en una monarquía u oligarquía se esperaba que la gente aportara a la construcción de una comunidad política.

En la actualidad, la idea de que la mejor vida es aquella en la que se participa activamente en una comunidad que fomenta y promueve el compromiso activo, a menudo se conoce como “republicanismo cívico” y ha sido desarrollada por autores como Wolin (1989), Barber (1992) y Hannah Arendt.

Los pensadores liberales clásicos, sin embargo, veían serias desventajas en hacer que un buen gobierno dependiera de una amplia difusión de las virtudes cívicas. En primer lugar, cualquier sistema exigente y universal de educación moral sería incompatible con la libertad individual. Si, por ejemplo, el Estado obligara a las personas a inscribir a sus hijos en escuelas públicas para crear buenos ciudadanos, limitaría la libertad individual de los padres y de los jóvenes.

El segundo problema era más práctico. Los Estados no tenían un buen historial de producir virtud moral entre los gobernantes o los súbditos. Estrategias de formación política como la adhesión obligatoria a una iglesia, la educación subsidiada por el Estado e incluso los espectáculos públicos de tortura y ejecución, no prevenían la corrupción, la sedición y otros comportamientos privados perjudiciales para la comunidad.

Thomas Hobbes es a veces descrito como precursor del liberalismo (a pesar de su defensa de la monarquía absoluta) porque tenía una visión pesimista de la naturaleza humana y creía que la forma de prevenir el desastre político era diseñar el gobierno de forma correcta, en lugar de intentar mejorar las virtudes cívicas. También sostenía que un buen gobierno era aquel que permitía a las personas vivir sus propias vidas de manera segura. Otro crítico contundente de la idea de que una buena sociedad dependía de la virtud cívica fue Bernard Mandeville, quien escribió un famoso poema en 1705 titulado “La fábula de las abejas: los vicios privados, beneficios públicos”. Mandeville argumentaba que una buena sociedad podía surgir del mero interés del individuo si se organizaba adecuadamente.

Es común encontrar pensadores liberales clásicos que favorezcan algún grado de educación cívica y de virtud cívica, incluso cuando proponen limitaciones al Estado y el fortalecimiento de la esfera privada para reducir la dependencia del régimen en las virtudes de sus ciudadanos. En otras palabras, ellos siguieron un camino intermedio entre el liberalismo clásico puro y el republicanismo cívico. Por ejemplo, en sus Instructions for the Conduct of a Young Gentleman, as to Religion and Government. [Instrucciones para la conducta de un joven caballero, en cuanto a religión y gobierno], John Locke escribió que el “llamado propio de un caballero es el servicio a su país, y por lo tanto debe estar más preocupado por el conocimiento moral y político; y así, los estudios que pertenecen más directamente a su llamado son aquellos que tratan de virtudes y vicios, de sociedad civil y artes de gobierno, y también incluirán el estudio de las leyes y de la historia”. Aunque este fue un argumento a favor de la educación cívica, apareció en un fragmento menor e inédito. La educación cívica no fue un tema importante en el importante tratado de Locke Pensamientos sobre la educación que se enfocaba específicamente en enseñar a los individuos a ser libres y responsables en sus vidas privadas. Del mismo modo, el énfasis de los textos políticos de este pensador estaba en limitar el poder del Estado y proteger los derechos privados.

Por otra parte, James Madison esperaba algún grado de virtud cívica en la gente, especialmente en sus representantes. Respaldaba “el gran principio republicano, que el pueblo tendrá la virtud y la inteligencia para seleccionar hombres de virtud y sabiduría. ¿No hay virtud entre nosotros? Si no la hay, estamos en una situación lamentable. Ningún control teórico, ninguna forma de gobierno puede hacernos seguros” (Madison, 1788, 11:163). Por otro lado, Madison propuso una serie de reformas que harían al gobierno resistente contra las diversas vicios que parecían estar “sembrados en la naturaleza humana” (Madison, Hamilton y Jay, Federalista 10). Estas herramientas incluían limitaciones constitucionales sobre el poder y el alcance general del gobierno; jueces independientes con poder de revisión; elecciones con un sistema de votación relativamente amplio; y sobre todo, controles y equilibrios.

Madison explicó que las repúblicas deberían ser diseñadas para personas de virtud moderada, como las que cabe encontrar en las sociedades reales. “Si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario. Si los ángeles gobernasen a los hombres, no serían necesarios controles externos ni internos sobre el gobierno.” Desafortunadamente, no podemos esperar que los ciudadanos o los gobernantes actúen como ángeles; pero un buen gobierno es posible de todos modos, siempre y cuando la constitución proporcione controles adecuados.

El principal “control externo” en una república era el voto, que hacía que los hombres poderosos fueran responsables ante aquellos a quienes gobernaban. Sin embargo, el simple acto de votar no es suficiente, especialmente porque los propios votantes pueden carecer de virtud y sabiduría. “Depender del pueblo es, sin duda, el control primario sobre el gobierno; pero la experiencia ha enseñado a la humanidad la necesidad de tomar precauciones auxiliares”. En general, las “precauciones auxiliares” de Madison implicaban dividir el poder entre instituciones separadas y darles la capacidad de controlarse mutuamente.

Esta política de remediar la falta de motivos desinteresados mediante la oposición de intereses y la creación de rivalidades puede ser aplicada en todo el sistema de asuntos humanos, tanto privados como públicos. Lo vemos especialmente en las distribuciones subordinadas de poder; allí el objetivo es dividir y organizar las distintas oficinas de manera que cada una sea un control sobre la otra; que el interés privado de cada individuo sea un centinela sobre los derechos públicos. Estas prudentes invenciones no pueden ser menos necesarias en la distribución de los poderes supremos del Estado. (Madison, Hamilton y Jay, Federalist 51)

1.3 Rousseau: hacia una educación progresista

Aunque la antigua Atenas instituyó la democracia, sus filósofos más famosos —Sócrates, Platón y Aristóteles— no fueron grandes defensores de ella. En el mejor de los casos, eran ambiguos acerca de la democracia; en el peor, eran hostiles hacia ella. El primer defensor puro de la democracia, un “soñador de la democracia”, fue sin duda Rousseau. Sin embargo, Rousseau dudaba que los hombres pudieran ser buenos hombres y al mismo tiempo buenos ciudadanos. Un buen hombre para Rousseau es un hombre natural, con atributos de libertad, independencia, igualdad, felicidad, simpatía y amor propio (amour de soi) que se encuentran en el Estado de naturaleza. Por lo tanto, la sociedad no podía hacer algo diferente que corromper a ese hombre.

Sin embargo, Rousseau reconoció que la vida en sociedad es inevitable, por lo que la educación cívica o el aprendizaje para vivir bien en sociedad también lo es. El ideal para Rousseau es que los hombres actúen moralmente y al mismo tiempo conserven la mayor parte posible de su naturaleza. Solo de esta manera un hombre puede mantener su libertad; y solo si un hombre sigue las reglas que él mismo se prescribe, es decir, solo si un hombre se gobierna a sí mismo, puede permanecer libre: “Cada individuo […] no obedece a nadie más que a sí mismo y permanece tan libre como antes [de la sociedad]” (1988, 60).

Sin embargo, prescribir esas reglas no es un acto subjetivo o egoísta. Es una obligación moral porque la pregunta que cada ciudadano se hace a sí mismo o que debería hacerse no es “¿qué es lo mejor para mí?”, sino “¿qué es lo mejor para todos?”. Cuando todos los ciudadanos hacen esta pregunta y responden con base en lo que se debe hacer, entonces, según Rousseau, están expresando y siguiendo la voluntad general. Hacer cumplir la voluntad general es la única base legítimamente moral para una ley y la única expresión de libertad moral. Lograr que los hombres hagan esta pregunta y la respondan activamente es el propósito de la educación cívica.

Mostrar cómo educar a los hombres para que conserven su naturalidad y al mismo tiempo funcionen en la sociedad y participen sin ser corrompidos en la democracia directa fue el propósito de su tratado educativo, el Emilio. Si esto fuera posible, Rousseau nos mostraría el camino. Este propósito parece requerir educar a un hombre para estar en la sociedad sin ser parte de ella; es decir, estar “lo menos unido posible a la sociedad humana” (Ibíd, 105).

Para Rousseau ¿Cómo puede un hombre ser un buen hombre —i.e. uno naturalmente bueno (1979, 93), que muestra amour de soi y compasión natural por los demás— y al mismo tiempo tener la mentalidad adecuada de un buen ciudadano para poder trascender el interés propio y prescribir la voluntad general?, ¿cómo se podría lograr esto en una sociedad cuya influencia no hace más que corromper?

El mismo Rousseau mismo parece ambivalente en cuanto a si los hombres pueden superar la corrupción social. La sociedad se basa en la propiedad privada; la propiedad privada trae desigualdad, ya que algunos poseen más que otros; dicha desigualdad genera comparaciones sociales con otros (amour propre), lo que a su vez puede producir envidia, orgullo y avaricia. Solo cuando los hombres pueden ejercer su libertad moral y política y al mismo tiempo desear lo que pide la voluntad general pueden ser salvados de las influencias corruptas de la sociedad. El deseo de la voluntad general, que es el bien para todos, es el acto de una persona moral o buena. Su ejercicio en la asamblea es lo que hace un buen ciudadano.

Sin embargo, Rousseau también comenta que si estamos “precisados a oponernos a la naturaleza o las instituciones sociales, es forzoso escoger entre formar a un hombre o a un ciudadano, no pudiendo ser uno mismo a la vez ambas cosas”[CM2]  (Ibid, 39). Parece que hay poca, si es que hay alguna, ambigüedad aquí. No se puede formar a la vez un hombre y a un ciudadano. Sin embargo, en la página siguiente de Emilio, Rousseau plantea la pregunta de si un hombre que permanece fiel a sí mismo, a su naturaleza, y siempre es decidido en sus elecciones “es hombre o ciudadano, o cómo hace para ser una cosa y otra” (Ibid, 40).

Quizás la contradicción podría resolverse si enfatizamos que un hombre no puede formarse como hombre y ciudadano al mismo tiempo, pero puede ser hombre y ciudadano al mismo tiempo. Rousseau sugiere esta distinción cuando afirma que su plan educativo evita “los dos fines contrarios [...] los caminos contrarios [...] estos diferentes impulsos [y] estos objetos necesariamente opuestos” (Ibíd, 40, 41) cuando se cría a un hombre “únicamente para sí mismo”. ¿Qué será entonces para los demás? Será un hombre y un ciudadano, porque el “doble objetivo que nos hemos propuesto”, esos objetos contradictorios, “podrían unirse en uno solo al eliminar las contradicciones del hombre” (Ibíd). Sin duda, este será un hombre inusual, pero es posible criar a un hombre para vivir una vida natural.

Uno podría encontrar un Emilio totalmente logrado y natural como una persona aborrecible. Aunque se trata de un individuo “bueno” en el sentido de cumplir con su deber y actuar de manera civilizada, podría no tener imaginación ni una curiosidad profunda por las personas o la vida en sí, podría no tener interés en el arte, en muchos libros o en relaciones sociales íntimas. ¿Será su independencia un miedo a depender de otros y, por lo tanto, sería construida sobre una incapacidad para ser interdependiente? ¿Es verdaderamente independiente o simplemente muestra la apariencia de independencia, mientras que el tutor “sigue siendo el amo de su persona” (Ibid, 332)?

Cualquiera que sea la opinión que se tenga del intento de Rousseau de educar a Emilio —incluso si se considera que el control absoluto del tutor sobre la vida y el entorno de Emilio sea en sí mismo una traición a la educación—, Rousseau es un precursor de aquellos educadores progresistas que buscan permitir a los niños aprender a su propio ritmo y a partir de sus propias experiencias, como veremos a continuación.

1.4 Stuart Mill: educación a través de la participación política

Mill argumentó que la participación en el gobierno representativo, o democracia, es valiosa tanto por sus efectos educativos en los participantes como por los buenos resultados políticos que genera. Incluso si los funcionarios elegidos o designados pueden desempeñarse mejor que los ciudadanos, Mill consideraba aconsejable que los ciudadanos participen “de ello resultaría una educación intelectual para los individuos: una especie de robustecimiento de sus facultades activas al ejercitar sus puntos de vista, que les daría un conocimiento familiar de los asuntos en que han de actuar. Ésta es la principal, pero no la única, recomendación del juicio por los jurados (en los casos no políticos) ; de las instituciones municipales y locales, libres y populares; de la dirección de las instituciones industriales y filantrópicas por medio de asociaciones voluntarias.”[CM3]  (1972, 179). Por lo tanto, la participación política es una forma de educación cívica beneficiosa para los hombres y para los ciudadanos.

Según el autor, Sobre la libertad, el ensayo en el que aparece la anterior cita, no es la ocasión para desarrollar esta idea en relación con “partes de la educación nacional”. Pero en la opinión de Mill, el desarrollo de la persona puede y debe ser emprendido en conjunto con una educación para los ciudadanos. La “educación intelectual” que describe “forma de hecho la educación particular del ciudadano, la parte práctica de la educación política de las gentes libres, pues sacan al hombre del estrecho círculo donde la encierra su egoísmo personal y familiar y le acostumbran a comprender los intereses colectivos y el manejo de los asuntos ajenos, habituándole a obrar por motivos públicos o semipúblicos y a tomar por móvil de su conducta ciertos puntos de vista que le aproximan a sus semejantes en lugar de separarle de ellos”[CM4]  (Idem).

La ocasión para discutir la educación cívica como un método tanto de desarrollo personal como político es el libro de Mill Consideraciones sobre el gobierno representativo. Mill se encuentra interesado en que las personas “progresen”. Para lograr el progreso se requiere “la preservación de todas las formas y cantidades de bien que ya existen, y el progreso como consistente en su aumento”. ¿De qué consiste el bien de Mill? Primero están “las cualidades en los ciudadanos individualmente que contribuyen más a mantener el nivel de buena conducta [...] Todo el mundo estará de acuerdo en que esas cualidades son la industria, la integridad, la justicia y la prudencia” (1972, 201). A estas se añaden “las atributos particulares en los seres humanos que parecen tener una referencia más especial al progreso [...] Son principalmente las cualidades de la actividad mental, la iniciativa y el coraje” (Ibid, 202).

Por lo tanto, el progreso se fomenta cuando la sociedad desarrolla las cualidades de los ciudadanos y de todos los integrantes de la sociedad. Mill nos dice que un buen gobierno depende de las cualidades de los seres humanos que lo componen. Hombres de carácter virtuoso actuando a través de instituciones justamente administradas estabilizarán y perpetuarán la buena sociedad. Las personas buenas serán buenos ciudadanos, siempre y cuando tengan las instituciones políticas necesarias en las que puedan participar. Tal participación, como en los jurados y oficinas parroquiales, saca a los participantes de sí mismos y de sus intereses egoístas. Si eso no ocurre, si las personas solo consideran sus “intereses egoístas”, entonces, concluye Mill, un buen gobierno es imposible. “Si los agentes, o aquellos que eligen a los agentes, o aquellos a quienes los agentes son responsables, o los espectadores cuya opinión debería influir y controlar a todos ellos, son meros grupos de ignorancia, estupidez y perjuicio nocivo, cada operación del gobierno saldrá mal” (Ibid, 207).

Para Mill, un buen gobierno es una calle de doble vía: el buen gobierno depende de “la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad”; y al mismo tiempo, el gobierno puede promover “la virtud y la inteligencia de las personas mismas” (Idem). Una medida de la calidad de cualquier institución política es hasta qué punto tiende “a fomentar en los miembros de la comunidad las diversas cualidades [...] morales, intelectuales y activas” (Ibid, 208). Las personas buenas actúan políticamente como buenos ciudadanos y, por lo tanto, se mantienen o se extienden en su bondad. “Un gobierno debe ser juzgado por sus acciones sobre los hombres [...] por cómo forma a los ciudadanos y lo que hace con ellos; su tendencia a mejorar o deteriorar a las personas mismas”. El gobierno ayuda a las personas a avanzar, actúa para mejorar a la gente, “es a la vez una gran influencia que actúa en la mente humana”. El gobierno es, entonces, “una agencia de educación nacional” (Ibid, 210, 211).

Siguiendo a Tocqueville, Mill veía la participación política como la base de esta educación nacional. “Nunca se considera suficientemente cuán poco hay en la vida cotidiana de la mayoría de los hombres que pueda dar amplitud a sus concepciones o a sus sentimientos”. Su trabajo es rutinario y aburrido; avanzan por la vida sin mucho interés o energía. Por otro lado, “si las circunstancias permiten que la cantidad de deberes públicos asignados a los individuos sea considerable, lo convierten en un hombre educado” (Ibid, 233). De esta manera, la participación en las instituciones democráticas “debe convertir [a las personas] en seres muy diferentes, en cuanto a rango de ideas y desarrollo de facultades, de aquellos que no han hecho nada en su vida más que escribir con una pluma o vender bienes detrás de un mostrador” (Idem).

No había educación pública nacional en la Gran Bretaña de Mill y claramente había muchos británicos sin las características necesarias para ser buenos ciudadanos o para ser buenos hombres. Mill era consciente de esto. Fue muy influenciado por los escritos de Tocqueville sobre la tiranía de la mayoría. Mill temía, al igual que Tocqueville, que los mal educados o los no educados dominarían y tiranizarían la política para socavar la autoridad y la individualidad. Al ser ignorantes e inexpertos, los no educados y poco educados serían susceptibles a todo tipo de demagogia y manipulación. Por lo tanto, demasiado poder en manos de los ineptos e ignorantes podría dañar la buena ciudadanía y obstaculizar el curso del autodesarrollo. Para remediar esto, Mill propuso dos soluciones: limitar la participación y otorgar a los competentes y educados votos plurales.

En la “política ideal” de Mill, los niveles más altos de toma de decisiones serían reservados para representantes elegidos a nivel nacional y para expertos en el servicio civil. Estos representantes y expertos no solo llevarían a cabo sus deberes políticos, sino que también educarían al público a través de debates y deliberaciones en asambleas representativas, en foros públicos y a través de la prensa. Para asegurar que los mejores fueran elegidos y, por el bien de un gobierno racional, Mill otorgó votos plurales a aquellos con educación universitaria y a aquellos con ciertas ocupaciones y entrenamiento. Todos los ciudadanos (excepto los criminales y los analfabetos) podían votar, pero no todos los ciudadanos votarían igual. Algunos ciudadanos, debido a su educación o entrenamiento especializado, eran “mejores” que otros: “aunque todos deberían tener voz, que todos tengan una voz igual es una proposición totalmente diferente [...] Nadie excepto un tonto [...] se siente ofendido por el reconocimiento de que hay otros cuya opinión, e incluso cuyo deseo, merece una mayor consideración que la suya” (Ibid, 307-8).

Pero la educación fue el gran factor nivelador. Aunque no era su opinión cuando escribió Consideraciones sobre el gobierno representativo, Mill escribió en su autobiografía que la educación universal podría hacer innecesario el voto plural (1924, pp. 153, 183-84). Mill reconoció en Gobierno representativo que un sistema nacional de educación o “un sistema confiable de exámenes generales” simplificaría los medios para determinar la “superioridad mental” de algunas personas sobre otras. En su ausencia, los años de escolaridad y la naturaleza de la ocupación de una persona serían suficientes para determinar quién recibiría votos plurales (1972, 308-09). Sin embargo, dadas las prescripciones de Mill para la participación política y las lecciones aprendidas de las deliberaciones y debates con representantes y expertos, cabe dudar de que la educación cívica hubiera constituido una parte significativa de su educación nacional.

1.5 Inicios de la educación cívica en los Estados Unidos

Como se mencionó anteriormente, los fundadores de Estados Unidos intentaron reducir las cargas sobre los ciudadanos, ya que observaron que las repúblicas generalmente colapsaban por falta de virtud cívica [4]. Sin embargo, también crearon una estructura que exigiría más a los ciudadanos y les otorgaría más derechos que el imperio del cual habían declarado su independencia. Por lo tanto, prácticamente todos los fundadores abogaron por prestar más atención a la educación cívica. Cuando Alexander Hamilton escribió en el Federalist 23 que el gobierno federal debería tener “una autoridad ilimitada en lo que respecta a todos aquellos objetos que están confiados a su gestión” (1987, p. 187), subrayó la necesidad del recién organizado gobierno central de, en palabras de Sheldon Wolin, “un nuevo tipo de ciudadano [...] uno que aceptaría la relación atenuada con el poder implícita si el voto y las elecciones sirvieran como el principal vínculo entre los ciudadanos y quienes están en el poder” [5]. Las escuelas se encontrarían llamadas a ser el lugar en el que se desarrollaría este nuevo tipo de ciudadano.

Por ello, es común encontrar entre aquellos que examinan los intersticios de la democracia y la educación puntos de vista muy similares a los de Franklin Delano Roosevelt: “Que las escuelas formen ciudadanos dignos es la responsabilidad más importante que se les ha encomendado”. En las escuelas públicas de Estados Unidos, la misión era educar a los jóvenes para la ciudadanía.

Inicialmente, la educación en América no era financiada públicamente. Ni siquiera era un sistema, sino más bien se trataba de una institución incipiente. En lugar de eso, cada comunidad se encargaba de sí misma. Tampoco se trataba de una educación universal. La educación estaba restringida a hombres blancos libres y, entre ellos, a aquellos que podían pagar las tarifas escolares. Uno de los “fundadores” del sistema de escuelas públicas en los Estados Unidos, a pesar de que su época precedió al establecimiento de las escuelas públicas, fue Noah Webster, quien veía la educación como una herramienta para desarrollar una identidad nacional. Como resultado, creó su propio libro de ortografía y diccionario como una forma de promover un lenguaje común Estadounidense.

En oposición a esta idea de desarrollar una identidad nacional estaba Thomas Jefferson, quien veía la educación como el medio para salvaguardar los derechos individuales, especialmente contra las intrusiones del Estado. En el centro de la educación democrática de Jefferson estaban las “artes liberales”. Estas artes liberan a hombres y mujeres (aunque Jefferson solo estaba pensando en hombres) del control tanto de tiranos como de demagogos y les permiten a los liberados gobernarse a sí mismos. A través de su sistema de educación distrital, Jefferson propuso establecer escuelas gratuitas para enseñar lectura, escritura y aritmética, y en estas escuelas, aquellos con habilidades intelectuales, independientemente de su origen o estatus económico, recibirían una educación universitaria pagada por el Estado.

Cuando la educación gratuita o financiada por el gobierno se extendió por América en el siglo XIX, lo hizo con la forma de la “escuela común” de Horace Mann. Estas escuelas educarían a todos los niños juntos, “en común”, independientemente de su origen, religión o posición social. Debajo de estos nobles sentimientos se escondía un objetivo adicional: asegurar que todos los niños pudieran prosperar en el sistema democrático de Estados Unidos. El plan de estudios de educación cívica era explícito, aunque no muy complejo. Para crear buenos ciudadanos y buenas personas, se requería poco más que enseñarles los mecanismos básicos del gobierno e inculcarles lealtad a Estados Unidos y sus ideales democráticos. Esto implicaba grandes cantidades de memorización mecánica de información sobre la historia política y militar y sobre el funcionamiento de los organismos gubernamentales a nivel local, estatal y federal. También implicaba conformidad con reglas específicas que describían el comportamiento dentro y fuera de la escuela.

A través de este tipo de educación cívica, todos los niños serían moldeados, si no fundidos, a la figura de un ciudadano estadounidense. Un fuerte énfasis en el protestantismo a expensas del catolicismo fue una característica de este tipo de trabajo. Lo que algunos partidarios podrían haber llamado “asimilación” de extranjeros en un estilo de vida Estadounidense, los críticos lo veían como “homogeneización”, “normalización” y “conformidad”, si no “uniformidad”. Con más de nueve millones de inmigrantes llegando a América entre 1880 y la Primera Guerra Mundial, no es sorprendente que hubiera resistencia por parte de muchas comunidades inmigrantes a lo que parecía una insensibilidad hacia el idioma y la cultura extranjera. Como consecuencia se desarrolló un sistema de educación religiosa, específicamente católica, separado del sistema de “escuela pública”.

Mientras que Webster y, después de él, Mann querían que la educación pública generara la identidad nacional que consideraban necesaria para la democracia, los reformadores educativos posteriores se alejaron de la idea de la escuela común y se acercaron a una diferenciación de los estudiantes. La Comisión de Educación Industrial y Técnica de Massachusetts, por ejemplo, promovió en 1906 la educación industrial y vocacional en las escuelas públicas. Argumentaron que educar a todos los jóvenes por igual para participar en la democracia por medio una educación liberal o académica era una pérdida de tiempo y recursos. “Los reformadores escolares insistieron en que el plan de estudios académico no era adecuado para todos los niños, ya que la mayoría de los niños, especialmente los hijos de inmigrantes y afroamericanos, carecían de la capacidad intelectual para estudiar materias como álgebra y química” (Ravitch, 2001, 21).

Actuando en contra de esta visión de la educación estaba John Dewey. Debido a que Dewey veía la democracia como un estilo de vida, argumentó que todos los niños merecían y necesitaban una educación democrática [6]. A medida que los ciudadanos compartieran los intereses de los demás, lo cual sucedería en sus escuelas, las divisiones de raza, clase y etnia se desvanecerían y trascenderían. Dewey pensaba que los intereses y experiencias reales de los estudiantes deberían ser la base de su educación. Más adelante se volverá a considerar la relación entre Dewey y la educación cívica.

2. El buen demócrata

La educación cívica puede ocurrir en todo tipo de regímenes, pero es especialmente importante en las democracias. En Política, Aristóteles pregunta si hay algún caso “en el que la excelencia del buen ciudadano y la excelencia del buen hombre coincidan” (1277a13-15). La respuesta para él es una politea o una constitución mixta en la que las personas deben saber cómo gobernar en la misma medida de cómo obedecer. En tales regímenes, la excelencia y las virtudes del buen hombre y del buen ciudadano coinciden. Así, las sociedades democráticas tienen interés en preparar a los ciudadanos para gobernar y ser gobernados.

Las democracias modernas, sin embargo, son diferentes de la antigua polis en varios aspectos importantes y pertinentes. Son sociedades de masas en las que la mayoría de las personas tienen poco impacto individual en el gobierno y las políticas. Son sociedades complejas, impulsadas por la tecnología, altamente especializadas en las que los profesionales (incluyendo abogados, funcionarios públicos y políticos) tienen mucha más experiencia que los ciudadanos comunes. Además, son regímenes constitucionales liberales en los que se protege la libertad individual en diferentes grados y algunos elementos del gobierno están deliberadamente aislados de la presión pública. Por ejemplo, los tribunales y los bancos centrales están protegidos de los votos populares. Una vez que Estados Unidos se había convertido en una sociedad de masas industrializada, el influyente columnista Walter Lippmann argumentó que los ciudadanos comunes habían sido eclipsados y solo podían emitir juicios ocasionales sobre un gobierno de expertos (ver The Phantom Public, 1925). John Dewey y Jane Addams, una líder social de Chicago, afirmaron de diferentes maneras que el público común debe y puede recuperar su voz, pero tuvieron problemas para explicar cómo.

2.1 El Estado, los padres y los niños en las democracias liberales

Varios filósofos contemporáneos argumentan que los ciudadanos cumplen un rol relativamente exigente y que pueden y deben ser educados para ello. Amy Gutmann (1987), por ejemplo, sostiene que la sociedad democrática en general tiene un interés significativo en la educación de sus hijos porque crecerán para ser ciudadanos. Entonces, la sociedad tiene la responsabilidad de educar a todos los niños para la ciudadanía. Debido a que las sociedades democráticas tienen esta responsabilidad, no podemos dejar la educación de los futuros ciudadanos a la voluntad o capricho de los padres. Esta idea lleva a Gutmann a descartar ciertas subordinaciones presentes en la teoría y las políticas educativas. Estas son de tres tipos. Primero está “el Estado familiar” en el que todos los niños son educados en la única buena vida identificada y fortalecida por el Estado. Esta educación cultiva “un nivel de similitud y camaradería entre ciudadanos” que la mayoría de las personas solo encuentran en las familias (Ibid, 23). Desde este punto de vista solo el Estado puede ser confiado con la autoridad para ordenar y llevar a cabo una educación de tal magnitud que todos aprendan a desear esta única buena vida sobre todas las demás.

A continuación se encuentra “el Estado de las familias” que descansa en el impulso de las familias de perpetuar sus valores a través de sus hijos. Este Estado “coloca la autoridad educativa exclusivamente en manos de los padres, permitiéndoles predisponer a sus hijos, a través de la educación, a elegir un estilo de vida coherente con su herencia familiar” (Ibid, 28).

Finalmente, Gutmann argumenta en contra del “Estado de los individuos”, que se basa en una noción de neutralidad liberal en la que tanto los padres como el Estado buscan a expertos educativos para asegurarse de que ninguna forma de vida sea descuidada o discriminada. El deseo aquí es evitar la controversia y enseñar virtudes en un clima de pluralismo social. Sin embargo, como señala Gutmann, cualquier política educativa es en sí misma una elección que moldeará el carácter de nuestros hijos. Elegir educar para la libertad en lugar de para la virtud sigue insinuando una elección influyente.

A la luz de estas tres teorías que no proporcionan una base adecuada para la autoridad educativa, Gutmann propone “un Estado democrático de educación”. Este Estado reconoce que la autoridad educativa debe ser compartida entre padres, ciudadanos y profesionales de la educación, ya que cada uno tiene un interés legítimo en cada niño y en su futuro. Sea cual sea nuestro objetivo educativo, sea cual sea el tipo de educación que estas autoridades defiendan, no será, no puede ser, neutral. Se necesita un objetivo educativo que sea inclusivo. Gutmann se decide por nuestro compromiso inclusivo como ciudadanos democráticos para la reproducción social consciente, la conformación consciente de las estructuras de la sociedad. Para llevar a cabo este compromiso, como sociedad “debemos educar a todos los niños educables para que sean capaces de participar en la conformación colectiva de su sociedad” (Ibid, 14).

Para moldear las estructuras de la sociedad, para participar en una reproducción social consciente, los estudiantes necesitarán desarrollar las capacidades para examinar y evaluar concepciones sobre lo que se considera una buena vida y una buena sociedad y la sociedad debe evitar inculcar “en los niños [la] aceptación acrítica de cualquier forma o formas de vida [personal y política]” (Ibid, 44). Esta es la clave de la educación democrática de Gutmann. Por esta razón, este filósofo argumenta enérgicamente que los niños deben aprender a deliberar críticamente sobre lo que es una buena vida y una buena sociedad. Para asegurar esta aptitud, se deben establecer límites para definir cuándo y dónde los padres y el Estado pueden interferir. En otras palabras, se deben introducir pautas que limiten la autoridad política del Estado y la autoridad parental de las familias. Un límite es la no represión, que asegura que ni el Estado ni ningún grupo dentro de él pueden “restringir la deliberación racional de concepciones competidoras de la buena vida y la buena sociedad” (Idem). De esta manera, los adultos no pueden usar su libertad para prohibir la futura libertad deliberativa de los niños. Además, sostiene Gutmann, la no represión requiere que las escuelas apoyen “las condiciones intelectuales y emocionales para la deliberación democrática entre las futuras generaciones de ciudadanos” (Ibid, 76).

El segundo límite es la no discriminación, pues impide que el Estado o algunos grupos dentro del Estado excluyan a cualquier persona o grupo de una educación deliberativa. Pues, como dice Gutmann, “todos los niños educables deben ser educados” (Ibid, 45).

El punto de Gutmann no es que el Estado esté más interesado que los padres en la educación de nuestros hijos. En cambio, su punto es que todos los ciudadanos del Estado tienen un interés común en educar a los futuros ciudadanos. Por lo tanto, aunque los padres deben tener voz en la educación de sus hijos, el Estado también debe tener voz. Sin embargo, ninguno de los dos debe tener la última palabra, ninguno debe ser hegemónico. De hecho, estas dos partes interesadas también deben ceder parte de su autoridad educativa a expertos en educación. Por lo tanto, es claro que existe un interés colectivo en la escolarización, por lo que Gutmann considera inaceptables los programas de educación por vales y los programas en los que quienes eligen qué educación deben recibir los niños son exclusivamente los padres [parental choice].

¿Pero el único objetivo de la educación es la reproducción social consciente? ¿Qué pasa con la formación de las preocupaciones privadas? ¿No es importante también educar a los jóvenes para que sean buenas personas? ¿O son las habilidades que fomentan la participación ciudadana también las habilidades necesarias para tomar decisiones personales y decisiones personales? Para Gutmann, educar para uno es también educar para el otro: "Muchas, si no todas, de las capacidades necesarias para elegir entre vidas buenas también son necesarias para elegir entre sociedades buenas” (p. 40). Ella va incluso más allá: “una vida buena y una sociedad buena para personas reflexivas requieren (respectivamente) libertad individual y colectiva de elección” (Idem). Aquí, Gutmann está estipulando que para tener una reproducción social consciente, los ciudadanos deben tener la oportunidad, la libertad y las capacidades para ejercer la elección personal o reflexiva.

Porque al Estado le interesa la educación de los futuros ciudadanos, todos los niños deben desarrollar las capacidades necesarias para elegir entre buenas sociedades; esto es simplemente lo que Gutmann entiende por ser capaz de participar en la reproducción social consciente. Sin embargo, estas capacidades también permiten a las personas examinar las formas de vida que han heredado. Por lo tanto, Gutmann concluye que es ilegítimo que cualquier padre imponga una forma de vida particular a otra persona, incluso a su propio hijo, ya que esto privaría al niño de las capacidades necesarias para la ciudadanía y para elegir una buena vida.

La postura de Gutmann es que el gobierno puede y debe obligar a participar en una educación para la ciudadanía. Los niños deben ser expuestos a formas de vida diferentes a las de sus padres y deben abrazar ciertos valores como el respeto mutuo. En este último punto, Gutmann es insistente. Argumenta que la elección no tiene sentido, para nadie, a menos que las personas que eligen tengan “las habilidades intelectuales necesarias para evaluar formas de vida diferentes a la de sus padres”. Sin la enseñanza de estas habilidades como componente central de la educación, los niños no aprenderán “el respeto mutuo entre las personas” (Ibid, 30-31). “Enseñar el respeto mutuo un instrumento para asegurar que todos los niños tengan la libertad de elegir en el futuro […] [L]a diversidad social enriquece nuestras vidas al expandir nuestra comprensión de diferentes formas de vida. Para aprovechar los beneficios de la diversidad social, los niños deben ser expuestos a formas de vida diferentes a las de sus padres y, en el curso de su exposición, deben abrazar ciertos valores, como el respeto mutuo entre las personas” (Ibid, 32-33).

Sin embargo, lo que Gutmann sugiere parece ir más allá de ver la diversidad como un enriquecimiento. Ella sugiere que los niños no solo toleren formas de vida divergentes de las suyas, sino que las respeten realmente. Ella tiene cuidado de decir “respeto mutuo entre personas”, lo que solo puede significar que los neo-nazis, aunque defienden una forma de vida execrable, deben ser respetados como personas, incluso cuando su forma de vida debe ser condenada. Quizás esta sea una sutileza de la propuesta de Gutman, pero William Galston, por ejemplo, ha llegado a considerar que Gutmann aboga por obligar a los niños a enfrentarse a sus propias formas de vida al mismo tiempo que muestran respeto por los neo-nazis.

En nuestro sistema representativo, sostiene Galston, los ciudadanos necesitan desarrollar “la capacidad de evaluar los talentos, el carácter y el desempeño de los funcionarios públicos” (1989, p. 93). Según su postura, esto es lo que nuestro sistema democrático exige de los ciudadanos. Por lo tanto, difiere de Gutmann al punto que afirma que: “Es, en el mejor de los casos, una verdad parcial caracterizar a Estados Unidos como una democracia en el sentido de Gutmann” (Ibid, p. 94). No requerimos deliberación entre nuestros ciudadanos, dice Galston, porque “las instituciones representativas reemplazan al autogobierno directo para muchos propósitos” (Idem). Por lo tanto, la educación cívica no debería tratar de enseñar las habilidades y virtudes necesarias para la deliberación, sino más bien sobre enseñar “las virtudes y competencias necesarias para seleccionar sabiamente a los representantes, relacionarse con ellos adecuadamente y evaluar su desempeño en el cargo con sobriedad” (Idem).

Debido a que la educación cívica se limita a lo que Galston describe, no se espera que los estudiantes evalúen sus propias formas de vida, ni se les debe enseñar a hacerlo. Las personas deben ser capaces de llevar las vidas que consideren valiosas, sin temor a ser coaccionadas a creer, actuar o pensar en contra de sus valores, incluyendo ser llevados a cuestionar esas formas de vida que han heredado. Como señala Galston, “La tolerancia cívica de profundas diferencias es perfectamente compatible con una firme creencia en la corrección de nuestra propia forma de vida” (Ibid, p. 99).

Algunos padres, por ejemplo, no están interesados en que sus hijos elijan otras formas de vida. Esos padres creen que la forma de vida que siguen actualmente no solo es la mejor para ellos, sino que simplemente es la mejor. Introducir la elección solo confundiría a los niños y al tema en cuestión. Si conoces la verdadera forma de vivir, ¿es mejor dejar que tus hijos se sumerjan entre diversas formas de vida hasta que puedan hacerlo bien? ¿o más bien deberías socializar a los niños en la forma correcta de vivir lo antes y lo más rápido posible?

¿Pero qué hay de las obligaciones que los padres, como ciudadanos, y los niños, como futuros ciudadanos, tienen con el Estado? ¿Cómo pueden los niños estar preparados para participar en la configuración colectiva de la sociedad si no han recibido una educación sobre cómo deliberar acerca de las opciones? Algunos padres podrían responder que no están interesados en que sus hijos se enfoquen en la participación, en cualquier cosa alejada de los valores religiosos. Lo que estos padres aprecian de la democracia liberal es que existe una clara y firme separación entre lo público y lo privado y buscan enfocarse exclusivamente en lo privado. La ciudadanía ofrece protecciones legales y no requiere participación. Ciertamente, la democracia liberal no obliga a nadie a participar.

Sin embargo, Galston y Gutmann quieren educar a los niños en “carácter democrático”. Ambos ven la necesidad del pensamiento crítico. Para Galston, los niños deben desarrollar “la capacidad de evaluar los talentos, el carácter y el desempeño de los funcionarios públicos”; Gutmann busca educar las capacidades necesarias para elegir entre buenas vidas y entre buenas sociedades. Sin embargo, por mucho que el pensamiento crítico juegue en el carácter democrático, la participación política requiere algo más que simples habilidades, esto incluye las habilidades de pensamiento.

2.2 Capital social

El concepto de “capital social” fue introducido por el sociólogo James S. Coleman para referirse al valor inherente en las redes sociales (ver, por ejemplo, Coleman, 1988). El científico político Robert Putnam posteriormente argumentó que las democracias son funcionales en proporción a la fortaleza de su capital social (1994) y que este está disminuyendo en los Estados Unidos (2000). En su libro Bowling Alone, Putnam explica: “Mientras que el capital físico se refiere a objetos físicos y el capital humano se refiere a las propiedades de individuos [como sus propias habilidades], el capital social se refiere a las conexiones entre individuos: redes sociales y normas de reciprocidad y confiabilidad que surgen de ellas. En ese sentido, el capital social está estrechamente relacionado con lo que algunos han llamado ‘virtud cívica’. La diferencia es que ‘capital social’ llama la atención sobre el hecho de que la virtud cívica es más poderosa cuando está incrustada en una densa red de relaciones sociales recíprocas” (Putnam, 2000, p. 19).

Una idea relacionada con el capital social es la “eficacia colectiva” desarrollada por el sociólogo Robert Sampson y sus colegas. Se refiere al uso o habilidad para utilizar redes sociales para abordar problemas comunes, como el crimen. Sampson encuentra que el nivel de eficacia colectiva predice fuertemente la calidad de vida en las comunidades (Sampson, 2012).

Si los gobiernos y las comunidades funcionan mejor cuando las personas tienen redes sociales y las utilizan para fines públicos, entonces la educación cívica se vuelve importante y se trata principalmente de enseñar a las personas a crear, valorar, mantener y utilizar redes sociales. Un enfoque pedagógico como el aprendizaje por medio del servicio (ver más adelante) podría ser el más prometedor para ese propósito.

Elinor Ostrom ganó el Premio Nobel de Economía en 2009 por su trabajo sobre cómo las personas superan los problemas colectivos, como el dilema del prisionero y la tragedia de los comunes. Estos problemas son endémicos y graves, a veces llevando a catástrofes ambientales y guerras. Sin embargo, Ostrom descubrió muchos principios que permiten a las personas superar tales problemas. Ella escribió:

En cualquier momento en el que los individuos puedan beneficiarse de la costosa acción de otros, sin contribuir ellos mismos con tiempo y esfuerzo, se enfrentan a dilemas de acción colectiva para los cuales existen métodos de afrontamiento. Cuando de Tocqueville habló del “arte y la ciencia de la asociación”, se refería a las habilidades aprendidas por aquellos que habían encontrado formas de participar en acciones colectivas para lograr un beneficio conjunto. Algunos aspectos de la ciencia de la asociación son tanto contraintuitivos como contraintencionales, y por lo tanto deben ser enseñados a cada generación como parte de la cultura de una ciudadanía democrática. (Ostrom 1998)

Ostrom creía que estos principios podían ser enseñados de manera explícita y formal, pero los medios tradicionales y más efectivos para enseñarlos eran experienciales. Argumentó que la tendencia a centralizar y profesionalizar la gestión a lo largo del siglo XX había privado a las personas comunes de oportunidades para aprender por medio de la experiencia, lo que ha llevado a que nuestra capacidad para abordar problemas de acción colectiva se haya debilitado.

Junto con su esposo Vincent Ostrom, Elinor Ostrom desarrolló la idea de gobernanza policéntrica, según la cual somos ciudadanos de múltiples comunidades superpuestas y anidadas, desde los vecindarios más pequeños hasta el mundo entero. Los problemas de acción colectiva se abordan mejor de manera policéntrica, no reservados solo para los gobiernos nacionales o distribuidos de manera ordenada entre los niveles de gobierno. Como presidenta de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política y en otros roles prominentes, Ostrom abogó por una educación cívica que enseñara a las personas a abordar problemas de acción colectiva en múltiples entornos y escalas.

2.3 Democracia deliberativa

La democracia deliberativa es la idea de que una decisión política legítima es aquella que resulta de discusiones entre ciudadanos en condiciones razonablemente favorables. Los defensores debaten sobre lo que califica como deliberación, pero hay un acuerdo general en que la discusión debe ser inclusiva, libre, equitativa y en cierto sentido civilizada. En términos prácticos, la democracia deliberativa implica diversos esfuerzos para aumentar la cantidad y el impacto de las discusiones públicas. Los fundamentos filosóficos provienen del trabajo de teóricos influyentes como Jürgen Habermas, John Rawls, Michael Sandel y otros. En el trabajo de Gutmann y Thompson (1996) se puede encontrar un tratamiento sofisticado que se basa en varios trabajos anteriores.

Desde el punto de vista de la formación cívica, la democracia deliberativa exige que las personas deban aprender a participar en discusiones, que pueden ser tanto cara a cara como “mediadas” por los medios de comunicación y las redes sociales. Concretamente, esto significa que las personas deben desarrollar la aptitud, el deseo, el conocimiento y las habilidades que les permitan leer y discutir las noticias y los acontecimientos actuales con diversos ciudadanos e influir en el gobierno con las opiniones que desarrollan y perfeccionan a través de la deliberación. Prácticas como discutir y debatir sobre los acontecimientos actuales en la escuela parecen especialmente prometedoras.

2.4 Trabajo público

Harry C. Boyte (1996, 2004) argumenta que el trabajo es fundamental para la construcción de ciudadanía. No solo somos ciudadanos cuando votamos, leemos y discutimos las noticias o cuando hacemos voluntariado después de la escuela o el trabajo, actividades que no son remuneradas. También somos ciudadanos en el trabajo e incluso cuando realizamos servicios no remunerados debemos ver nuestras contribuciones como trabajo en la medida en que se trata de asuntos serios. Los ciudadanos no solo monitorean e influencian al gobierno (según la teoría de la democracia deliberativa) ni sirven a otras personas en entornos comunitarios (enfatizado en la idea de capital social); también construyen, crean y mantienen bienes públicos. Lo hacen ya sea que trabajen en el sector público, en el privado o sin ánimo de lucro, de forma remunerada o no. Por supuesto, aunque pueden trabajar bien o mal, un buen ciudadano es aquel que hace contribuciones valiosas al bien común o construye “la comunidad”.

La teoría del trabajo público sugiere que la educación cívica debe ser altamente experiencial y estar estrechamente relacionada con la educación vocacional. Los jóvenes deben adquirir habilidades y agencia al hacer cosas juntos. Un buen resultado es un individuo que pueda contribuir al bien común a través de su trabajo. Albert Dzur (2008), quien comparte una visión similar pero no idéntica, enfatiza la importancia de revisar la educación profesional para que los profesionales aprendan a colaborar mejor con las personas del común.

3. El ideal del ciudadano

Las cualidades de un buen ciudadano no son simplemente las habilidades necesarias para participar en un sistema político. También son las virtudes que lo llevan a participar, a querer participar y a tener buena disposición para participar. Esto es a lo que se refería Rousseau cuando afirmó que en su polis ideal los ciudadanos “volarían a las asambleas” (1988, 140). En otras palabras, los ciudadanos deben mostrar un cierto tipo de disposición o carácter. Desde este punto de vista, no es extraño considerar que las virtudes o rasgos que constituyen a un buen ciudadano en una democracia estén estrechamente asociados con ser una buena persona en sentido moral. Podemos resumir esa estrecha asociación en la expresión “buen carácter”.

La ausencia de estas virtudes o rasgos, la ausencia de carácter, es lo que lleva a algunos a concluir que la democracia, especialmente en Estados Unidos, está en crisis. La decadencia de nuestro sistema democrático, argumenta Richard Battistoni, puede ser entendida como “una crisis en la educación cívica” y en el fracaso de nuestros educadores en la tarea de preparar a los ciudadanos para la participación democrática (1985, pp. 4-5). Según este autor, lo que falta es un rasgo central del carácter, una disposición a participar. La continuidad de nuestra democracia exige “la correcta inculcación en los jóvenes del carácter, habilidades, valores, prácticas sociales e ideales que fomentan la política democrática” (Ibid, p. 15); en otras palabras, hace falta educar el carácter democrático.

3.1 Buenas personas y buenos ciudadanos

Dos grupos predominan en la defensa del uso de la educación en valores como una forma de mejorar la democracia. Un grupo está formado por teóricos políticos como Galston, Battistoni, Benjamin Barber y Adrian Oldfield, quienes a menudo reflejan versiones modernas del republicanismo cívico. Este grupo aboga por inculcar o fomentar [7] entre los futuros ciudadanos la disposición de sacrificar los intereses personales en beneficio del bien común. La participación, desde esta perspectiva, es importante tanto para estabilizar la sociedad como para promover el florecimiento humano de cada individuo a través de la búsqueda del bienestar colectivo.

El segundo grupo no ve la participación democrática como el centro, sino como un aspecto de la educación del carácter en general. Desde esta perspectiva, la misión de nuestras escuelas públicas es ante todo desarrollar rasgos de carácter importantes tanto para la conducta individual (ser una buena persona) como para una democracia próspera (ser un buen ciudadano). El líder no declarado del segundo grupo es Thomas Lickona, e incluye a otros como William Bennett y Patricia White.

Ninguno de los dos grupos describe en términos concretos qué es un “carácter democrático”. Aunque su trabajo sugiere dicho carácter, hablan más sobre los rasgos de carácter importantes para el crecimiento y bienestar humano que, además, están relacionados con la participación democrática. ¿Qué rasgos proponen estos expertos y a qué se refieren con “carácter”?

Es difícil, comenta el filósofo británico R. S. Peters, “decidir qué entendemos en general cuando hablamos del carácter de una persona como algo distinto de su naturaleza, su temperamento y su personalidad” (1966, p. 40). Muchos defensores de la educación del carácter son vagos en esta distinción. Podría ser útil para continuar esta discusión proponer que el carácter consiste en rasgos que se aprenden, mientras que la personalidad y el temperamento son rasgos innatos [8].

No obstante, lo que estos teóricos sí tienen claro es que el carácter es la esencia de lo que somos. El término viene del mundo del grabado, del término griego kharakter, un instrumento utilizado para hacer marcas distintivas. Por lo tanto, el carácter puede ser entendido como la marca distintiva de una o varias personas.

El carácter no es solo un atributo o rasgo. Más bien incluye la suma total de rasgos particulares, la “suma de cualidades mentales y morales” (O.E.D., p. 163). [CM6] La adición de “cualidades morales” a la definición puede ser trivial, ya que el carácter como tal implica una serie de rasgos “buenos”. Por lo tanto, los rasgos del carácter están asociados, si no son sinónimos, con las virtudes. Así, una persona buena en el contexto de la democracia liberal, un buen ciudadano, tendría estas virtudes.

Para Thomas Lickona, una virtud es “una disposición interior confiable para responder a situaciones de manera moralmente correcta” (p. 51); “el buen carácter”, continúa, “consiste en conocer lo bueno, desear lo bueno y hacer lo bueno” (Idem). ¿Quién determina lo que es bueno? En general, los rasgos, virtudes o disposiciones inculcados se utilizan “para seguir reglas de conducta”. Estas son las reglas que refuerzan las convenciones y el orden social (Peters, p. 40). Por lo tanto, desde esta perspectiva, la convención social determina lo que significa “bueno”.

Esto podría ser problemático. ¿Qué sucede cuando el conjunto de virtudes de una persona buena choca con el conjunto de virtudes del buen ciudadano? Lo que se considera bueno en un contexto, incluso cuando es aprobado por la sociedad, no necesariamente es lo que se considera bueno en otro. ¿Debería el único hijo de un granjero fallecido quedarse en casa para cuidar a su madre enferma o debería, como buen ciudadano, unirse a la resistencia para luchar contra un ejército invasor?

¿Qué hacemos cuando las exigencias de la educación cívica cuestionan lo que se considera ser una buena persona junto con sus valores y creencias? En el caso de Mozert vs. Hawkins County Board of Education, ocurrió exactamente eso. ¿Deberían los Mozert y otros padres cristianos fundamentalistas tener el derecho de excluir a sus hijos de las clases que requerían que leyeran selecciones que iban en contra de su fe o la socavaban? Por un lado, si se les permite excluirse, entonces la clase se vería privada de elementos educativos y democráticos como la diversidad de opiniones sobre las selecciones de lectura. Por otro lado, si los niños no pueden excluirse, entonces se les niega el derecho de practicar su fe a su manera [9].

3.2 El espectro de las virtudes

Así, es claro por qué educar un carácter democrático nunca ha sido sencillo. William Bennett aboga por las virtudes del patriotismo, la lealtad y el orgullo nacional; Amy Gutmann considera centrales la tolerancia a la diferencia y el respeto mutuo. ¿Puede un pacifista en tiempos de guerra ser un patriota?, ¿el rebelde es un héroe o simplemente un alborotador? [10] o  ¿pueden los tipos de carácter idealizados hablar a nuestros estudiantes y a los contextos variados en los que se encuentran?

¿Deberían nuestros maestros enseñar una moral prescrita, a menudo estrechamente vinculada a ciertas ideas e ideales religiosos?, ¿deberían enseñar un contenido de valores seculares relacionados con el carácter democrático?, ¿o más bien deberían enseñar una forma de aclaración de valores en la que se identifiquen las posiciones morales de los niños pero no se critiquen?

Estas dos aproximaciones —un contenido moral prescrito o la aclaración de valores— parecen formar los dos extremos del espectro de la educación del carácter. En un extremo está el adoctrinamiento en ciertos valores y virtudes prescritos, independientemente de su orientación sagrada o secular. Sin embargo, algunos ciudadanos podrían expresar preocupación sobre cuáles valores serán enseñados o, desde el punto de vista de algunos, impuestos [11]. Al mismo tiempo, otros verán la inculcación de valores y virtudes específicas como algo no muy diferente de enseñar una “moralidad conformista” (Nord, 2001, 144).

En el otro extremo del espectro se encuentra la aclaración de valores, aunque este extremo corre el riesgo de ser una especie de relativismo moral donde todo vale porque nada puede ser descartado. En la aclaración no se habla de valores correctos o incorrectos. De hecho, se supone que los profesores deben ser neutrales valorativamente para evitar imponer valores en sus estudiantes y dañar su autoestima. William Damon llama a este enfoque “constructivismo del todo vale” (1996) porque esta postura puede dejar la puerta abierta para que los estudiantes aprueben el racismo, la violencia y la idea según la cual “el poder hace siempre lo correcto”.

¿Existe un punto intermedio en el espectro que no imponga valores o que se limite a aclararlos? No hay un camino intermedio. Quizás lo más cercano que podemos lograr es algo como la enseñanza del pensamiento crítico de Gutmann o Galston. Aquí los estudiantes pueden pensar y reflexionar sobre lo que requieren de las personas las diferentes situaciones morales que viven. Cuando se trata de un fascista buscando judíos escondidos, miento; si se trata del nuevo vestido de mi esposa, digo la verdad (bueno, en la mayoría de los casos). Sin embargo, incluso el pensamiento crítico requiere que los estudiantes sean críticos de algo. Es decir, debemos presuponer la existencia, si no la inculcación previa, de algunos valores sobre los cuales los estudiantes serán críticos.

Entonces, lo que tenemos no es un espectro sino una secuencia de desarrollo. La educación del carácter, desde esta perspectiva, comienza con la inculcación en los estudiantes de valores específicos. Pero en una fase posterior, la educación del carácter se centra en enseñar y utilizar las habilidades de pensamiento crítico sobre los mismos valores que han sido inculcados previamente.

Este enfoque está en línea con lo que William Damon, un experto en educación innovadora y en desarrollo intelectual y moral, ha observado: “La capacidad para la crítica constructiva es un requisito esencial para el compromiso cívico en una sociedad democrática; pero en el curso del desarrollo intelectual, esta capacidad debe construirse sobre una comprensión previa y compasiva de aquello que está siendo criticado” (2001, 135).

El proceso, por lo tanto, consistiría en dos fases de desarrollo. La primera es la fase de adoctrinamiento. ¿Pero qué valores inculcamos? Quizás la manera más fácil de empezar podría ser enfocarse en los comportamientos que todos los estudiantes deberían poseer. De hecho, si no se insiste en que los estudiantes “se comporten bien”, parece problemático que los estudiantes puedan aprender a pensar críticamente. Cada escuela, para llevar a cabo el negocio de la educación, refuerza ciertos valores y comportamientos. Los profesores exigen que los estudiantes se sienten en sus asientos; levanten la mano antes de hablar; entreguen las tareas a tiempo; muestren comportamientos deportivos en el campo atlético; sean puntuales para asistir a clase; no hagan trampa en sus exámenes o tareas; se abstengan de atacarse entre sí en el patio de recreo, en los pasillos o en el aula; sean respetuosos y educados con sus mayores (por ejemplo, profesores, personal, administradores, padres, visitantes y policías); y cosas por el estilo. Las órdenes, exigencias y la manera de interactuar de los profesores con los estudiantes y su propia conformidad con las regulaciones del aula y la escuela establecen un ethos de comportamiento, una forma de conducirse dentro de esa institución. Del ethos surgen las virtudes necesarias: honestidad, cooperación, civismo, respeto y las demás [13].

Otro conjunto de valores que se podrían inculcar en esta etapa temprana incluye aquellos que se encuentran asociados con la democracia. Aquí las lecciones son más didácticas que conductuales. Uno de los objetivos de la educación cívica en una democracia es formar ciudadanos libres e iguales que aprecien que tienen tanto derechos como responsabilidades. Los estudiantes necesitan aprender que tienen libertades como las que se encuentran en la Declaración de Derechos (prensa, reunión, culto, entre otras) en la Constitución de los Estados Unidos [o en la Constitución de 1991 en Colombia]. Pero también necesitan aprender que tienen responsabilidades hacia sus conciudadanos y su país. Esto requiere enseñar a los estudiantes a obedecer la ley; no interferir en los derechos de los demás; y honrar a su país, sus principios y sus valores. Las escuelas deben enseñar esas cualidades o virtudes que conducen al carácter democrático: cooperación, honestidad, tolerancia y respeto.

Por lo tanto, inculcamos en nuestros estudiantes los valores y virtudes que nuestra sociedad honra como aquellos que constituyen una buena ciudadanía y un buen carácter. Pero si inculcamos un amor por la justicia, ¿se trata de la justicia que se encuentra en nuestras leyes o de la justicia ideal que subyace a todas las leyes? Obviamente, esta pregunta no surgirá en la mente de la mayoría, si es que alguno, de los estudiantes de primer grado. Sin embargo, a medida que los estudiantes maduran y se desarrollan cognitivamente, surgirán este tipo de preguntas. Por lo tanto, un estudiante de secundaria que estudia la historia de América bien podría preguntarse si las leyes de Jim Crow que se encontraban en el sur eran justas simplemente porque eran la ley ¿o solo eran leyes justas hasta que se descubrió a través del argumento que eran injustas?, ¿o siempre fueron injustas porque no cumplían con una concepción ideal de justicia?

Es en este punto donde se puede introducir la fase dos de la educación del carácter: la educación en el juicio. El juicio se basa en sopesar y considerar razones y evidencia a favor y en contra de proposiciones. El juicio es una virtud que se basa en la sabiduría práctica y se establece como un hábito a través de la práctica. El juicio, o la reflexión, era la virtud principal para Aristóteles, de cuyo ejercicio surge una apreciación por otras virtudes: la honestidad, la cooperación, la tolerancia y el respeto.

Como señalan los psicólogos del desarrollo, los niños pequeños tienen dificultades para adoptar múltiples perspectivas, por ello, pensar y deliberar (que son acciones que requieren la consideración de múltiples perspectivas) parecen ejercicios inadecuados para niños de primaria. Además, los niños pequeños dependen mucho más de la participación del maestro en la presentación de situaciones problemáticas en las que se puedan aplicar y desarrollar sus conocimientos y habilidades. R. S. Peters ofrece una consideración importante al respecto:

La función principal del maestro, en las primeras etapas, consiste en hacer que el alumno comprenda la forma de pensamiento o conciencia que se preocupa por una situación. En una etapa posterior, cuando el alumno ha incorporado tanto los conceptos como el modo de exploración involucrado, la diferencia entre el maestro y el alumno es claramente solo una cuestión de grado. Ambos están participando en la experiencia compartida de explorar un mundo común (1966, 53).

La distinción entre aquellos que se adentran en “el interior” del pensamiento reflexivo y aquellos que ya están allí puede parecer tan vasta como una diferencia de tipo, no de grado. Pero la diferencia siempre es de grado. Los estudiantes de primaria aún no han desarrollado las habilidades y conocimientos, o no tienen la experiencia suficiente, para participar en procedimientos de fase dos que requieren un análisis de perspectiva.

En esta educación cívica en dos fases, los profesores inculcan virtudes específicas como el patriotismo. Pero en una etapa posterior, esta orientación que busca la consolidación de una perspectiva convencional es abandonada para dar paso a una perspectiva de pensamiento crítico. La virtud del patriotismo cambia de un sentimiento doctrinario de exaltación de la nación, sin importar sus acciones y motivos, a una necesidad de examinar los principios y prácticas de la nación para ver si esas están en armonía con los principios que la sostienen. El primero requiere lealtad; el segundo, juicio. Enseñamos el primero a través de juramentos, saludos y promesas; enseñamos el segundo a través de la investigación crítica.

¿Hemos introducido un problema significativo al enseñar a los estudiantes a juzgar los valores, estándares y creencias de manera crítica? ¿Podría este enfoque llevar al desprecio de la autoridad y la tradición por parte de los estudiantes? Los estudiantes necesitan ver y escuchar que el desacuerdo no necesariamente implica falta de respeto. Personas reflexivas y decentes pueden estar en desacuerdo. Es injusto enseñar a los estudiantes que aquellos que están en desacuerdo con nosotros en una situación complicada como el aborto o la acción afirmativa están equivocados, son irresponsables o débiles. También transmite el mensaje de que creemos que somos infalibles y no tenemos nada que aprender de lo que otros tienen que decir. Tales posturas socavan la democracia.

¿Aprobarían todos los padres una educación cívica de dos fases? ¿Aceptarían que sus hijos posiblemente cuestionen los valores y las creencias religiosas de sus familias? Sin embargo, la respuesta a estas preocupaciones parentales debe ser la misma que a cualquier figura de autoridad: ¿por qué crees que siempre tienes razón? ¿Acaso no hay momentos en los que los padres saben que es mejor mentir, tal vez incluso a sus hijos, que decir la verdad? Sin embargo, esto presupone que los padres o las figuras de autoridad estén dispuestos a ejercer un juicio crítico sobre sus propias posiciones, valores y comportamientos. Este punto subraya la necesidad de involucrar a otras instituciones sociales y personas en la educación del carácter.

4. Formas modernas de educación cívica

En los Estados Unidos, la mayoría de los estudiantes están obligados a tomar cursos sobre gobierno o civismo y el contenido principal se centra en ciencias políticas para estudiantes de secundaria. En otras palabras, utilizan libros de texto y otros materiales escritos para aprender sobre la estructura formal y el comportamiento de las instituciones políticas desde el gobierno local hasta las Naciones Unidas (Godsay et al., 2012). Las justificaciones filosóficas para este tipo de plan de estudios rara vez son desarrolladas por completo, pero probablemente una idea subyacente es que los ciudadanos deben desempeñar ciertos roles concretos –votar, monitorear las noticias, servir en jurados, hacer peticiones al gobierno— y para hacerlo de manera efectiva se requiere una comprensión básica del sistema político. Otro objetivo implícito puede ser aumentar el aprecio de los jóvenes por el sistema constitucional existente para que estén motivados a preservarlo.

Michael Rebell (2018) argumenta que tanto la Constitución de los Estados Unidos como la mayoría de las disposiciones constitucionales de los Estados con respecto a la educación pública respaldan el derecho a una educación cívica adecuada. Las políticas específicas deben surgir de un proceso deliberativo para definir las oportunidades educativas que todos los estudiantes deben recibir y seleccionar los resultados adecuados para la educación cívica, todo supervisado por un tribunal preocupado por evaluar si la educación cívica es constitucionalmente “adecuada”.

Los estándares estatales son documentos reguladores que afectan el currículo en las escuelas públicas. Los 50 Estados y el Distrito de Columbia han adoptado estándares para la educación cívica como parte de los estudios sociales (Godsay et al, 2012). El Marco para Estándares Estatales de Estudios Sociales de la Vida Universitaria, Profesional y Cívica (“C3") (Consejo Nacional de Estudios Sociales, 2013) proporciona un marco general para que los Estados lo utilicen para diseñar o revisar estos estándares. Este marco organiza la educación cívica —junto con la historia, la geografía y la economía— en un “arco de investigación” que se extiende desde “desarrollar preguntas y planificar investigaciones”, pasando por “aplicar conceptos y herramientas disciplinarias”, “evaluar fuentes y evidencia”, hasta “comunicar conclusiones y tomar acciones informadas”. Dicho arco se aplica desde el jardín infantil hasta la escuela secundaria, pero con un contenido cada vez más exigente. La lógica de pasar de la generación de preguntas a la acción sugiere una teoría implícita del compromiso cívico.

En las siguientes secciones, examinaremos algunas propuestas o formas alternativas de educación cívica que son filosóficamente interesantes.

4.1 Enseñanza por medio del servicio

Colocar a los estudiantes en la comunidad en general se conoce hoy en día como “aprendizaje-servicio” (service-learning). Es una forma común de educación cívica que integra la enseñanza en el aula con el trabajo en la comunidad. Idealmente, los estudiantes llevan sus experiencias y observaciones en su experiencia en servicio a su trabajo académico y utilizan su investigación y las discusiones académicas para dirigir su trabajo en campo.

Jerome Bruner, el renombrado educador y psicólogo, propuso que parte del aprendizaje en el aula debería estar dedicado a que los estudiantes creen planes de acción política que aborden problemas sociales y políticos significativos, como la pobreza o la raza. También instó a los educadores a llevar a sus estudiantes a las comunidades locales para explorar las ocupaciones, formas de vida y hábitos de residencia. Bruner sigue aquí a Dewey, quien criticó la educación tradicional por su fracaso en llevar a los maestros y estudiantes a la comunidad para familiarizarse íntimamente con las condiciones físicas, históricas, ocupacionales y económicas que luego podrían ser utilizadas como recursos educativos (Dewey 1938, 40). Dewey advirtió del “peligro constante de que el material de instrucción formal sea simplemente el contenido de las escuelas, aislado del contenido de la experiencia de vida”. Esto podría contrarrestarse sumergiendo a los estudiantes en “el espíritu de servicio”, especialmente al aprender sobre las diversas ocupaciones dentro de sus comunidades (1916, 10-11, 49) [14].

La evidencia empírica sugiere que la educación experiencial puede ser la más efectiva para el aprendizaje cívico. “La razón, de nuevo, es que los estudiantes responden a experiencias que tocan sus emociones y su sentido de sí mismos de manera directa” (Damon, 2001, 141). Además, como señalan Conover y Searing, “aunque la mayoría de los estudiantes se identifican como ciudadanos, su comprensión de lo que significa actuar como ciudadanos es rudimentaria y dominada por un enfoque en los derechos, creando así una comprensión pasiva y orientada hacia lo privado” (2000, 108). Para sacarlos de esta comprensión privada y pasiva, nada es mejor, como notó Tocqueville, que la participación política. El tipo de participación aquí es la acción política, no simplemente el voto o las donaciones. William Damon concluye que los programas de educación moral más efectivos “son aquellos que involucran directamente a los estudiantes en la acción, con oportunidades posteriores para la reflexión” (2001, 144).

Otra influencia en el aprendizaje-servicio es la teoría del capital social, descrita anteriormente. Si una democracia depende de que las personas se sirvan mutuamente y desarrollen hábitos y redes de preocupación recíproca —y si ese tipo de interacción está disminuyendo en un país como Estados Unidos—, entonces es natural fomentar o requerir que los estudiantes sirvan a sus comunidades como parte de su aprendizaje.

4.2 Acciones cívicas

Algunos críticos (por ejemplo, Boyte y Kari, 1996) se preocupan de que el “servicio” en el “aprendizaje-servicio” refleje una concepción estrecha de la ciudadanía que pasa por alto el poder y la agencia y que fomente una distinción antidemocrática entre el servidor y el servido.

Podemos pensar en la acción cívica como una forma de participar en la democracia que va mucho más allá de servir, votar, trabajar o escribir una carta al editor de una revista. Puede tomar muchas otras formas: asistir y participar en reuniones políticas; organizar y dirigir reuniones, manifestaciones, protestas y campañas de recaudación de fondos; recoger firmas para proyectos de ley, papeletas, iniciativas y revocatorias; servir en juntas locales elegidas y designadas; iniciar o participar en clubes políticos; deliberar con otros ciudadanos sobre temas sociales y políticos centrales en sus vidas; y seguir carreras que tienen un valor público.

La National Action Civics Collaborative (NACC) reúne organizaciones que involucran a estudiantes en acciones cívicas como forma de aprendizaje cívico. El servicio suele ser solo una forma de “acción”. Algunos miembros de NACC trabajan en escuelas, pero prácticas similares son quizás más comunes y fáciles de lograr en organizaciones independientes y comunitarias. La organización juvenil es una práctica extendida que involucra a adolescentes en actividades cívicas o políticas. Levinson (2012) ofrece una defensa filosóficamente sofisticada de una pedagogía que ella llama “educación cívica experiencial guiada” y aboga por su lugar en las escuelas públicas.

4.3 Educación cívica por medio del debate

Especialmente si creemos en la democracia deliberativa (ver sección 2.3, arriba), el núcleo de la educación cívica puede ser aprender a hablar y escuchar con otras personas sobre problemas públicos. Esa es una actividad cognitiva y éticamente exigente que se puede aprender a través de la experiencia. El abordaje educativo más prometedor consiste discutir eventos actuales con un moderador, generalmente el maestro, y algún requisito de preparación previa.

Los debates son discusiones competitivas. Las simulaciones (como juicios simulados o el Modelo de Naciones Unidas) implican discutir temas desde la perspectiva de personajes ficticios o históricos. Además, las deliberaciones generalmente implican que los estudiantes hablen con su propia voz y traten de encontrar un terreno en común.

Una cantidad considerable de evidencia muestra que las discusiones moderadas sobre temas actuales y controvertidos aumentan el conocimiento de los estudiantes sobre los procesos cívicos, sus habilidades para interactuar con otras personas y su interés en la política. Ver, por ejemplo, Kawashima-Ginsberg y Levine (2014).

Hess (2009) y Hess y McAvoy (2014) argumentan a favor de discutir las controversias actuales y explorar algunos de los dilemas éticos que surgen para los maestros que lo hacen. Por ejemplo, ¿debería un maestro revelar sus propias opiniones o intentar ocultarlas para ser un moderador neutral?, ¿qué preguntas deberían presentarse como verdaderamente controvertidas? (La mayoría de las personas insistiría en que la esclavitud ya no es una controversia y no debería tratarse como tal. Pero ¿qué pasa con la realidad del cambio climático?)

4.4 John Dewey: escuela como comunidad

John Dewey argumentó que, a partir del siglo XVIII, los Estados comenzaron a ver la educación como el mejor medio para perpetuar y recuperar su poder político. Sin embargo, “el mantenimiento de una soberanía nacional particular requería la subordinación de los individuos a los intereses superiores del Estado, tanto en la defensa militar como en las luchas por la supremacía internacional en el comercio […] Formar al ciudadano, no al ‘hombre’, se convirtió en el objetivo de la educación” (1916, 90).

En una democracia, sin embargo, debido a su combinación de “numerosos y más variados intereses comunes compartidos” y su requisito de “constante readaptación a través del encuentro con nuevas situaciones producidas por el intercambio variado” (lo que Dewey llamó “progreso”),  la educación debería abordar el desarrollo personal y la “interacción plena y libre” entre los grupos sociales (Ibid, 83, 79). En otras palabras, en los estados democráticos se debe buscar la preparación de buenas personas y buenos ciudadanos; es decir, se repite enfáticamente en este contexto que la educación democrática es la forma más acabada de educación cívica.

No hay un mejor sitio para la acción política o democrática que la propia escuela, la comunidad de los estudiantes. Esta es la perspectiva de Dewey (1916). Crear una cultura democrática dentro de las escuelas no solo facilita la preparación de los estudiantes para la participación democrática en el sistema político, sino que también fomenta un ambiente democrático que moldea las relaciones con adultos y entre compañeros en las que los estudiantes ya están involucrados. “Los estudiantes aprenden mucho de la vida escolar”, comenta Theodore Sizer, “y la mejor manera de enseñar valores es cuando la escuela es un ejemplo vivo de los valores que se enseñan” (1984, 120, 122).

Dewey propone que los problemas reales, y no los hipotéticos o los meros ejercicios académicos, generan un genuino interés a los estudiantes. Por lo tanto, además de las actividades de escritura y discusión en el aula, típicas de las escuelas públicas del presente, los estudiantes deberían participar en la “indagación activa y la cuidadosa deliberación sobre los problemas significativos y vitales” que enfrentan sus comunidades, sean cuales sean, pero especialmente sus escuelas (1910, 55). Las lecciones de libro y las discusiones en el aula raramente se conectan con la toma de decisiones sobre temas que afectan a una comunidad. De hecho, Dewey comenta que los métodos tradicionales de instrucción a menudo son “ajenos a las capacidades existentes de los jóvenes [...] más allá del alcance de su experiencia […] la misma situación prohíbe una participación activa por parte de los alumnos” (1938, 19).

Como núcleo del aprendizaje, Dewey quería una “continuidad experiencial” (1938, 28, 33). Las experiencias que él quería promover eran aquellas que enfatizaban un crecimiento saludable; aquellas, en otras palabras, que generaban un mayor deseo de aprender y seguir aprendiendo y que se basaban en experiencias previas. Las “experiencias sociales democráticas” eran superiores porque proporcionaban “una mejor calidad de experiencia humana” que cualquier otra forma de organización social o política (Ibid, 34).

Una posibilidad lógica y práctica era hacer que las operaciones de la escuela fueran parte del plan de estudios. Permitir que los estudiantes utilicen sus experiencias en la escuela para tomar decisiones que afecten directamente algunas de las operaciones diarias de la escuela: disciplina de los estudiantes, mantenimiento de los terrenos y edificios, problemas con grupos, temas de sexismo y racismo, casos de ostracismo, entre otros, así como temas y problemas dentro de las aulas.

Dewey consideraba a las escuelas como “comunidades embrionarias” (1915, 174), “institución[es] en las que el niño es, por el momento [...] miembro de una vida comunitaria en la que siente que participa y a la que contribuye” (1916, 88). No es necesario desviarnos cuestionando qué quiere decir Dewey con “comunidad” o qué deberíamos entender nosotros para comprender el sentido que él busca. No es sorprendente que Dewey quisiera dar a los estudiantes el espacio para cultivar experiencias en las que toman decisiones que afectan sus vidas en la escuela. Lo sorprendente es que en la realidad haya tan poca democracia en las escuelas y que aquellos que pasan más tiempo en ellas tengan menos oportunidades de experimentar una forma de vida democrática.

La importancia de la toma de decisiones democrática dentro de las escuelas y en la comunidad en general —la realización de decisiones reales a través de medios democráticos— no puede ser exagerada. Como una propedéutica para la participación democrática, la acción política de este tipo es invaluable. Melissa S. Williams comenta: “La cooperación como práctica es la única forma de desarrollar el sentido de agencia de los individuos para remodelar el mundo que comparten con otros. Enseña la moderación en la promoción de la propia visión y la capacidad de los individuos para verse a sí mismos como parte de un proyecto de autogobierno colectivo” (2005, 238; énfasis en el original).

Por supuesto, no todo en la escuela debería ser decidido democráticamente. Hay algunas áreas en las que las decisiones requieren experiencia, es decir, una combinación de experiencia y conocimiento que excluye a los estudiantes como partícipes de las decisiones. La pedagogía es la principal de estas áreas. Debido a que los maestros y coordinadores saben más sobre los procesos de educación y sobre sus disciplinas, tienen conocimientos de primera mano sobre el rango y la naturaleza de las habilidades y problemas de sus propios estudiantes —un punto enfatizado por Dewey (1938, 56)— y conocen las circunstancias particulares en las que tiene lugar el aprendizaje, ellos y no los estudiantes deberían tomar las decisiones pedagógicas.

Al mismo tiempo, debido a que muchos estudiantes todavía son niños, las decisiones que deben tomar deben ser adecuadas para su edad. No todos los procedimientos democráticos o problemas escolares son adecuados para todas las edades. Las diferencias en el desarrollo cognitivo, social y emocional, especialmente en el nivel de la escuela primaria, complican la acción democrática. Si bien todos los estudiantes pueden tener la misma capacidad como potencialidad, activar esas capacidades requiere desarrollo, como se señaló en la discusión de una forma de educación cívica en dos fases.

Las ideas deweyanas sobre la escuela como comunidad continúan vivas en varias prácticas pedagógicas. En primer lugar, en algunas escuelas experimentales, los estudiantes, profesores y padres realmente gobiernan de manera democrática. En la Escuela Sudbury (cuya primaria fue fundada en Sudbury, Massachusetts en 1968), toda la comunidad gobierna la institución a través de reuniones semanales de la comunidad.

Mucho más común es dar a los estudiantes cierto grado de voz en la gobernanza de una escuela a través de un gobierno estudiantil elegido, medios dirigidos por estudiantes y políticas que fomenten que los estudiantes expresen sus opiniones.

Otro enfoque muy común consiste en apoyar y alentar a los estudiantes a gestionar sus propias asociaciones voluntarias dentro de una escuela: clubes, equipos, etc. Thomas y McFarland (2010) y otros autores han encontrado efectos positivos de la participación en actividades extracurriculares en la votación y una explicación plausible es que los adolescentes se convierten en ciudadanos activos porque gestionan sus propias minicomunidades.

4.5 Pedagogía para la liberación

En su crítica a la pedagogía tradicional, Paulo Freire se refiere a la educación centrada en el maestro como un “concepto bancario de la educación” (1970, 72). Para Freire, esto es inaceptable como forma de educación cívica. Con demasiada frecuencia, observa Freire, se les pide a los estudiantes que memoricen y repitan ideas, estrofas, frases y fórmulas sin comprender el significado o el propósito detrás de ellas. Este proceso “convierte [a los estudiantes] en ‘contenedores’, en ‘recipientes’ que deben ser ‘llenados’ por el maestro” (Idem). Como resultado, los estudiantes no son más que objetos, meros receptáculos para recibir, archivar y almacenar depósitos, es decir, contenedores para lo que el maestro ha depositado en sus “bancos”.

Al igual que Dewey, Freire piensa que el conocimiento proviene únicamente de la invención y la reinvención, y de la constante investigación en el mundo, algo que es propio de todos los seres humanos libres. De esta manera, es claro que los estudiantes también educan a los maestros. En marcado contraste, entonces, con el concepto bancario está la “educación de ‘plantear problemas’” (Ibid, 79), que es una educación experiencial que empodera a los estudiantes porque sacar a la luz el poder que ya poseen.

Ese poder debe ser utilizado para liberarse de la opresión. Esta pedagogía para poner fin a la opresión, como escribe Freire, “debe ser forjada con, no para, los oprimidos” (1970, 48; énfasis en el original), independientemente de si son niños o adultos. Freire trabajó principalmente con campesinos adultos analfabetos en América del Sur, pero su trabajo también tiene aplicaciones en las escuelas y en niños en edad escolar. Debe ser una pedagogía para todos, lo que incluye tanto a los opresores como a los oprimidos.

Para superar la opresión, las personas deben primero reconocer críticamente sus causas. Una de ellas es la interiorización de la conciencia del opresor por parte de las personas [o “imagen”, como Freire menciona en un punto (Ibid, 61)]. Hasta que los oprimidos busquen eliminar este opresor interiorizado, no podrán ser libres. Seguirán viviendo en la dualidad de oprimidos y opresores. No es de extrañar, entonces, como nos dice Freire, que los campesinos una vez promovidos a supervisores se vuelvan más tiránicos hacia sus antiguos compañeros de trabajo que los propietarios mismos (Ibid, 46). El concepto bancario de educación excluye la idea según la cual los estudiantes necesitan reconocer su opresión: “Entre más los estudiantes [o adultos] se dediquen a almacenar los depósitos confiados en ellos, menos desarrollarán la conciencia crítica que resultaría de su intervención en el mundo como transformadores de ese mundo” (Ibid, 73).

Cuando el estudiante confronta la realidad de la dualidad de su conciencia, descubriendo su propio opresor interno y darse cuenta de su situación actual, la persona ahora debe actuar en base a su comprensión. Debe actuar, en otras palabras, en y sobre el mundo para disminuir la opresión. Freire quería que sus estudiantes, ya fueran campesinos adultos o jóvenes de un país, valoraran sus culturas mientras cuestionaban algunas de las prácticas y su ethos. Esto lo llamaba “leer la palabra” —acabar con el analfabetismo— y “leer el mundo” —la habilidad de analizar las situaciones sociales y políticas que influían y limitaban especialmente las oportunidades de vida de las personas—. Para Freire, cuestionar no era suficiente; las personas también debían actuar.

La liberación, por lo tanto, es una “praxis”, pero no puede consistir solo en la acción, lo que Freire llama “activismo”. Debe ser, en cambio, una acción combinada con una “reflexión seria” (Ibid, 79, 65). Esta reflexión o “participación reflexiva” tiene lugar en diálogo con otros que se encuentran en la misma posición de realización y acción.

Este “diálogo crítico y liberador”, también conocido como “círculos culturales”, es el corazón de la pedagogía de Freire. Estos círculos consisten en un grupo de entre 12 y 25 estudiantes y algunos profesores, todos involucrados en un intercambio dialógico. El papel de los “profesores” en esta educación cívica es participar con la gente/estudiantes en estos diálogos. “El método correcto para un liderazgo revolucionario [...] no es la ‘propaganda libertaria’. Tampoco puede el liderazgo simplemente ‘implantar’ en los oprimidos una creencia en la libertad [...] El método correcto radica en el diálogo” (Ibid, 67).

Los oprimidos utilizan sus propias experiencias y lenguaje para explicar y superar su opresión. No dependen de otros, incluso de los maestros, para explicar sus circunstancias de opresión. “A través del diálogo, el maestro-de-los-estudiantes y los estudiantes-del-maestro dejan de existir y surge un nuevo término: maestro-estudiante con estudiantes-maestros” (Ibid, 80). La reciprocidad de roles significa que los estudiantes enseñan a los maestros al igual que los maestros enseñan a los estudiantes. El diálogo fomenta que todos enseñen y creen juntos.

Porque Freire trabajaba con campesinos adultos analfabetos, insistía en que los círculos utilizaran las formas de hablar y los entendimientos compartidos por los mismos campesinos. En los círculos, los aprendices identifican sus propios problemas y preocupaciones y buscan respuestas a través del diálogo en grupo. El diálogo se enfoca en lo que Freire llamaba “codificaciones”, que son representaciones de las circunstancias cotidianas del aprendiz (Ibid, 114 y passim). Las codificaciones pueden ser fotografías, dibujos, poemas, incluso una sola palabra. En tanto representaciones, las codificaciones abstraen las circunstancias diarias. Por ejemplo, una fotografía de trabajadores en un campo de caña de azúcar permite a los trabajadores hablar sobre las realidades de su trabajo y condiciones laborales sin identificarse como los trabajadores reales en la fotografía. Esto permite que el diálogo se dirija hacia la comprensión de la naturaleza de las circunstancias específicas de los participantes, pero desde una posición más abstracta. Los maestros y aprendices trabajaron juntos para entender los problemas identificados por los campesinos, un proceso que Freire llama “decodificación” y proponer acciones a tomar para rectificar o revertir esos problemas.

Los círculos tienen, por lo tanto, cuatro elementos básicos: 1) planteamiento del problema, 2) diálogo crítico, 3) planteamiento de soluciones y 4) plan de acción. El objetivo, por supuesto, es superar los problemas, pero también es aumentar la conciencia crítica (conscientización) de los estudiantes para poner fin a la opresión en sus vidas individuales y colectivas. La mayor conciencia crítica permite a los estudiantes apropiarse del lenguaje sin ser colonizados por él. La decodificación permite a los participantes “percibir la realidad de manera diferente [...] ampliando el horizonte de percepción [...] [Esto] estimula la aparición de una nueva percepción” que permite la transformación de la realidad concreta de los participantes (Ibid 115).

“Finalmente," comenta Freire, “el verdadero diálogo no puede existir a menos que los dialogantes se involucren en el pensamiento crítico [...] un pensamiento que percibe la realidad como un proceso, como una transformación, en lugar de una actividad estática” (Ibid, 92).

Para Freire, la educación cívica debe ser un verdadero diálogo. Si la educación cívica no incluye este factor, entonces hay pocas esperanzas de que el futuro sea algo más que una continuación del presente para los oprimidos. “La educación auténtica no se lleva a cabo por ‘A’ para ‘B’ o por ‘A’ acerca de ‘B’, sino por ‘A’ con ‘B’[...]” (Ibid, 93; énfasis en el original). Esenciales para esta educación son las experiencias de los estudiantes, sin importar su edad o situación. El humanismo ingenuamente concebido, parte integral de tanta educación tradicional, intenta “crear un modelo ideal del ‘hombre bueno’", pero lo hace dejando fuera “la situación concreta, existencial y presente de las personas reales” (Idem). Por lo tanto, la educación cívica tradicional, no-experiencial, que pasa por alto la importancia de la praxis de Freire, no logra para él formar ni personas ni ciudadanos buenos.

El gobierno brasileño ha reconocido los círculos culturales de Freire como una forma de educación cívica y ha respaldado su uso para combatir el analfabetismo entre jóvenes y adultos (Souto-Manning, 2007).

5. Educación cosmopolita

El cosmopolitismo es un tema emergente y debido a la globalización un asunto cada vez más importante para los educadores cívicos. Desde un punto de vista anterior, una educación cosmopolita era equivalente a una educación multicultural. Según ambos tipos de educación, las personas deben ser conscientes de las perspectivas de los demás y de los efectos que sus decisiones tienen en ellos. Mientras que los ciudadanos formados multiculturalmente deben pensar en las perspectivas y dificultades de aquellos que viven en los márgenes de sus sociedades y en aquellos cuyas vidas buenas se desviaban de las suyas propias, los ciudadanos cosmopolitas deben pensar, o comenzar a pensar, en sí mismos como “ciudadanos globales” con obligaciones que se extienden más allá de las fronteras nacionales. ¿Debería o debe la educación cívica incorporar una conciencia global y fomentar una sensibilidad cosmopolita?

Martha Nussbaum, por un lado, piensa que sí. Nussbaum argumenta que nuestra primera obligación debe ser hacia todas las personas, independientemente de su raza, credo, clase o frontera. Esto no quiere decir que debamos abandonar nuestros compromisos con nuestra familia, amigos, vecinos y conciudadanos. Más bien quiere decir que no debemos hacer nada en nuestras comunidades o en nuestras vidas que sepamos que es inmoral desde la perspectiva de la comunidad de toda la humanidad tal y como la entiende Kant (1996, 7). Debemos “trabajar para hacer que todos los seres humanos sean parte de nuestra comunidad de diálogo y preocupación” (Ibid, 9). La educación cívica debería reflejar este esfuerzo (Ibid, 11).

Sin embargo, el filósofo Eamonn Callan piensa de manera diferente. Callan quiere evitar una educación cívica y la búsqueda de la justicia que la sustenta, “que otorga un lugar privilegiado a una sensibilidad cosmopolita a expensas de afiliaciones particularistas” (1999, p. 197). En opinión de Callan, nuestra educación cívica debería construirse idealmente en torno al concepto de “patriotismo liberal”. Aunque el patriotismo liberal es una “identificación con un proyecto político de autogobierno particular y ubicado históricamente”, es decir, la democracia liberal estadounidense, también implica un sentido de responsabilidad hacia los de afuera y los de adentro por igual (Ibid, 198).

Por supuesto, el peligro aquí es que un patriota liberal puede tener un sentido de obligación o responsabilidad solo cuando es su país el que está cometiendo una injusticia. Callan señala que es “precisamente el pensamiento de que ‘nosotros, los estadounidenses’ hemos hecho estas cosas terribles lo que dio impulso [durante la guerra de Vietnam] a su horror y rabia” (Ibid). Este pensamiento debe contrastarse con nuestros sentimientos y sentido de responsabilidad cuando, como sugiere Callan, los tanques soviéticos pasaron por Praga. Porque, según Callan, nuestra identidad político-moral no estaba implicada en la acción soviética, de alguna manera no tenemos por qué vivir un sentido similar de horror y rabia. Quizás no lo hagamos, pero ¿deberíamos? El punto de Nussbaum es que definitivamente deberíamos.

Entonces ¿cómo debería ser la educación cívica? En esta situación, Callan ofrece dos posibilidades: ¿deberíamos “cultivar una identidad cívica en la que las afinidades patrióticas se silencien o desaparezcan por completo y se dé prioridad a un ideal cosmopolita de ‘ciudadanía mundial’”?, ¿o deberíamos cultivar un tipo de patriotismo “en el que la identificación con un proyecto particular de autogobierno democrático esté sintonizada con las demandas de justicia que tanto los excluidos como los incluidos en la sociedad” harán (1999, 198)? Parece que Nussbaum preferiría la primera opción, mientras que Callan prefiere la segunda.

No obstante, quizás estas dos no son las únicas opciones. En su metáfora de círculos concéntricos de identidad, Nussbaum argumenta que debemos intentar acercar los círculos externos de nuestras relaciones, el círculo de toda la humanidad, al más céntrico, el que corresponde a nosotros mismos y a nuestros seres queridos (1996, 9). Al hacerlo, no excluimos de nuestras identidades esas relaciones particulares que son significativas para nosotros. En cambio, debemos tener en cuenta los efectos que nuestras decisiones morales y políticas tienen sobre toda la humanidad. Si la educación cívica nos ayuda a ampliar nuestras simpatías, como propuso Hume, y si pudiéramos hacerlo sin pagar el precio de silenciar o eliminar nuestras afinidades locales y nacionales, ¿habría una posibilidad de mediar las posiciones de Nussbaum y Callan sobre la educación cívica?

Por otra parte, debemos considerar que el patriotismo en sí mismo parece tener su propia versión de círculos concéntricos. Por ejemplo, Theodore Roosevelt advirtió contra “esa sobreexaltación de la pequeña comunidad en detrimento de la gran nación”. Aquí hay un guiño hacia el “nuevo nacionalismo” de Roosevelt en oposición a lo que él llamaba “el patriotismo de la aldea”. Si pasamos de la aldea a la nación, ¿no podemos pasar de la nación al mundo? Como escribió Alexander Pope en Un ensayo sobre el hombre: “Dios ama desde el todo hasta las partes; pero el alma humana debe elevarse del individuo al todo/ […] Amigo, padre, vecino, primero abrazará/su país después y luego a toda la raza humana”.

¿Es demasiado pronto para empezar a educar a los niños sobre las culturas, costumbres, valores, ideas y creencias de personas de todo el mundo? ¿Esto socavará nuestro compromiso e incluso devoción por nuestra propia familia, vecindario, región y nación? La educación cívica no debe consistir exclusivamente en el amor por la comunidad y la afiliación patriótica con el país o, por otra parte, en la preparación para la ciudadanía mundial, un término que implica, al menos, un Estado mundial. Debe haber una combinación posible que funcione.

Si el propósito de la educación cívica es generar en los jóvenes los valores que motiven una participación exitosa en nuestras democracias liberales, entonces la tarea que enfrentan los educadores, ya sea en la escuela primaria, secundaria o post-secundaria, podría ser mucho más fácil de lo que imaginamos. Parece haber una correlación directa entre los años de escolaridad y un aumento en la tolerancia a la diferencia (Nie et al., 1996). Un aumento en la tolerancia puede llevar a un aumento en el respeto por aquellos que tienen opiniones divergentes. Tales aumentos podrían ciertamente ayudar a fomentar una sensibilidad cosmopolita. Pero, ¿el número de años en la escuela está correlacionado con la voluntad de participar políticamente? Por ejemplo, el número de estadounidenses que van a la universidad ha aumentado drásticamente en los últimos 50 años, sin embargo, la votación en las elecciones y la participación política en general siguen siendo lamentablemente bajas.

Quizás las escuelas públicas no deberían enseñar ninguna virtud que no esté relacionada con la adquisición de habilidades académicas, aquellas que para algunos es el propósito principal, si no el único, de la educación. ¿Pero no deberían todos los estudiantes aprender no solo las habilidades, sino también la disposición necesaria para participar en la “reproducción social consciente” de nuestras democracias, como argumenta Gutmann? Si nuestras democracias son importantes y robustas, ¿necesitan nuestros ciudadanos esta disposición para ver el valor de la participación? Si decimos que nuestras democracias no son lo suficientemente robustas, ¿no deberían nuestros estudiantes esforzarse por revitalizar o fortalecer nuestros sistemas democráticos? ¿Necesitarán infusiones de patriotismo para hacerlo? Si la tolerancia y el respeto son virtudes democráticas, ¿fracasamos como educadores cuando no toleramos o respetamos los deseos de nuestros estudiantes de evitar la participación cívica, aunque esto viole lo que consideramos como los deberes de ciudadanos?

Como se mencionó anteriormente, la educación cívica en una democracia debe preparar a los ciudadanos para participar en el sistema político y mantenerlo; al mismo tiempo, debe prepararlos para desafiar las desigualdades e injusticias dentro de ese sistema. Sin embargo, una educación cívica que anime a los estudiantes a cuestionar la naturaleza y el alcance de nuestras democracias corre el riesgo de desanimar a nuestros estudiantes y distanciarlos de la participación. Pero si esa educación cívica ha ofrecido más que simplemente críticas; si su base es el pensamiento crítico, que implica desarrollar una tolerancia, o una apreciación, de la diferencia y la divergencia, así como una disposición e incluso un entusiasmo por la acción política; entonces los ciudadanos formados pueden hacer que nuestros sistemas sean más robustos. Mayores demandas a nuestros ciudadanos, al igual que expectativas más altas de nuestros estudiantes, a menudo conducen a un mejor desempeño. Como nos recuerda Mill, “si las circunstancias permiten que la cantidad de deber público asignado a alguien sea considerable, esto lo convertirá en un hombre educado” (Ibid, 233).

Pies de página

[1] La educación cívica también puede incluir cualquier tipo de proceso sistemático que busque movilizar políticamente a las personas, por ejemplo, a través de grupos de interés público o de reforma o mediante asociaciones comerciales o profesionales. Como un ejemplo de la eficacia de tal educación cívica, véase “Civic Education and the Mobilization of Political Participation in Developing Democracies” de Steven E. Finkel, Journal of Politics 64, n.º 4, 2002, 994–1020.

[2] William Galston, “Civic Education and Political Participation”, Community Matters: Challenges to Civic Engagement in the 21st Century, editado por Verna V. Gehring, Lanham, MD: Rowman & Littlefield Publishers, 2005, p. 23. En 2001, William Damon observó: “Los jóvenes de todo el mundo han Estado desvinculándose de las actividades cívicas y políticas en un grado inimaginable hace apenas una generación. La falta de interés es mayor en las democracias maduras, pero es evidente incluso en muchas emergentes y problemáticas. Hoy no hay líderes, causas, ni legado de pruebas pasadas o logros que inspiren algo más que apatía o cinismo entre los jóvenes”. “To Not Fade Away: Restoring Civil Identity Among the Young”, en Ravitch y Viteritti 2001, p. 123.

[3] En esta sección nos referimos a filósofos que discutieron la educación y la participación política de los hombres y no de las mujeres. Esto es cierto en las obras de John Stuart Mill que citamos, pero no, por supuesto, en su obra La sujeción de las mujeres. En las secciones que tratan sobre filósofos modernos y contemporáneos hemos cambiado el término “hombres buenos” por “persona buena” o “personas buenas”.

[4] Al examinar la educación cívica en las democracias, es útil centrarse en el sistema educativo de la democracia constitucional continua más larga: los Estados Unidos. Otra ventaja de este enfoque es que el sistema educativo en los Estados Unidos se desarrolló junto con el crecimiento de la república sin haber tenido que derrocar, como señaló Tocqueville, un sistema hereditario y jerárquico, incluidos los prejuicios educativos de ese sistema.

[5] 1989, p. 189. Irónicamente, como señala Wolin, el poder implícito, que es “remoto, abstracto y prácticamente invisible”, “tenía ciertas desafortunadas similitudes con el tipo de poder que los colonos habían rechazado menos de dos décadas antes cuando se rebelaron contra la autoridad de la Corona Británica...” (Ídem).

[6] Tomamos a Dewey en el sentido de que “la democracia como forma de vida” significa que la democracia crea y necesita una cultura democrática en la que los valores que subyacen a la democracia y los usos que se pueden dar a los procesos democráticos son ambos omnipresentes. Para quizás la mejor exposición sobre la cultura democrática, su naturaleza y sus límites, véase La democracia en América de Alexis de Tocqueville.

[7] Los términos utilizados para describir la enseñanza o educación son significativos. Tanto los términos “instilar” como “nutrir” connotan algún tipo de enseñanza. Pero cada uno también connota un concepto diferente de cómo comienza esa enseñanza. Instilar o inculcar un deseo sugiere alguna fuerza externa plantando o impresionando ese deseo. Una vez plantado, el deseo es entonces nutrido o alimentado. Sin embargo, si comenzamos con la idea de nutrir ese deseo, entonces podríamos pensar en la definición literal de educación: sacar o liderar hacia fuera (educare). En otras palabras, nutrir sugiere un deseo que es innato pero que necesita ser desarrollado y alimentado; mientras que un deseo que es incitado surge desde el exterior. La mayoría de los defensores de la educación del carácter parecen seguir el modelo de “inculcación”. Sin embargo, al final, dónde comienza la enseñanza quizás no sea tan significativo como cómo procede la enseñanza. Ese proceso parece ser el mismo para la educación del carácter. Ya sea que los deseos o rasgos condignos sean instilados o nutridos, necesitan ser desarrollados.

[8] Para nuestros propósitos, y aquí hablamos tanto para los defensores de la educación del carácter como para sus críticos, esta distinción será suficiente. Sin embargo, puede ser problemático, porque las definiciones de carácter a menudo se refieren al temperamento o la personalidad. El Oxford Etymological Dictionary, por ejemplo, define carácter como una “tendencia o inclinación natural de la mente, especialmente en relación con las cualidades morales o sociales”. Sus editores listan “temperamento” como un sinónimo (p. 493).

[9] Para un tratamiento extenso de la educación cívica y el caso Mozert, véase Macedo, 2000, especialmente los capítulos seis y siete.

[10] Incluso del diablo podría decirse que tiene algunas virtudes, como señala Peters (op. cit., p. 43) con ironía: “A una dama cuáquera una vez le dijeron que ella encontraría algo bueno que decir incluso sobre el diablo. A lo que ella respondió, ‘Bueno, es persistente’”. A esta virtud podríamos añadir, en nombre del diablo, las virtudes de consistencia, industria e imaginación, todas son descritas por Peters como rasgos de carácter.

[11] ¿Cuál es la diferencia entre la educación del carácter y la adoctrinación del carácter? La adoctrinación es una forma de socializar a las personas en un comportamiento adecuado o socializarlas para que sostengan los “valores correctos”. La educación, por otro lado, implica cierta distancia crítica de los temas para que las personas puedan reflexionar sobre diferentes aspectos y sobre alternativas a lo que se presenta. La adoctrinación, que a menudo lleva una connotación negativa, no está sin un lugar importante en la educación del carácter, o eso argumentaré. Los niños pequeños necesitan ser socializados antes de que puedan ser críticos.

[12] A mediados de la década de 1970, los maestros de escuelas públicas calificaron la aclaración de valores como el enfoque más ampliamente aprobado para enseñar moralidad. Ver Macedo 2000, 122–125.

[13] Esto no busca sugerir que un ethos de este tipo no será en sí mismo controvertido. Pierre Bourdieu, por ejemplo, argumenta que cuando los maestros exigen un “buen comportamiento” de sus estudiantes, están perpetuando un sistema de dominación al coaccionar a los estudiantes a asumir roles sociales y políticos predeterminados. Al mismo tiempo, a través de tales demandas, los maestros refuerzan su autoridad y subordinan a los estudiantes. Ver Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, Reproduction in Education, Society, and Culture, trad. Richard Nice, (Londres: Sage Publications, 1990), 10.

[14] Dewey, 1916/2004, 10–11, 49. Ver también Harry Boyte, 2004.

[15] Ver Mariana Souto-Manning (2007). Souto-Manning cita a L. Chouliaraki y N. Fairclough, Discourse in Late Modernity, Edimburgo: Edinburgh University Press, 1999 y N. Fairclough, Analysing Discourse: Textual Analysis for Social Research, Londres: Routledge, 2004 para evidencia de la distinción entre apropiarse del lenguaje y ser colonizado por él.

[16] Theodore Roosevelt, “Religion and the Public Schools,” Collected Works, 15; quoted in Macedo (2000), p. 93.

Referencias

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